19/05/17

Cuando era chico, mi abuela me enseñó que podía pescar mojarritas con una botella vacía y algunas migas de pan viejo. Se desesperan por el pan, no pueden evitarlo. Durante las vacaciones de verano, bajo la sombra de los sauces que crecían a ambos lados del río, yo pescaba mojarritas usando una botella. La sumergía donde encontraba los bancos —generalmente en hoyas poco profundas y ocultas bajo la sombra de algún árbol— y esperaba a que los peces oscuros entrasen por el pico, entonces sacaba la botella llena de agua de río y mojarritas, que no paraban nunca de succionar el pan, ni siquiera cuando ya me había alejado del río y volvía en dirección al camping. Luego me sentaba a observarlas, y cuando me cansaba de la misma danza circular, volvía al río y vaciaba la botella, devolviendo el agua y los peces. Durante la noche, encendía una linterna dentro de la carpa que mis abuelos habían armado para mí y recorría las páginas de una enciclopedia sobre dinosaurios, descubriendo las formas que caminaban por el mundo hace millones de años. Me pasaba el verano así, recorriendo el río con una botella llena de pan viejo durante la tarde y leyendo sobre reptiles extintos por la noche.

En esa época los turistas se componían más que nada de personas de la tercera edad que buscaban refugio del trajín de la ciudad. En la zona no había lugar para los jóvenes, cuando bajaba la noche no quedaba un alma fuera de las carpas y uno sólo escuchaba la dulce corriente del río y las alimañas nocturnas moviéndose por sobre las ramas de los árboles. Durante la tarde, los abuelos tomaban sol en sus reposeras y los nietos jugaban a la pelota o chapuceaban en el río. Yo exploraba las aguas doradas con mi botella.

Recuerdo una tarde que marcó mi infancia. Me había alejado mucho del camping por el río, tanto que ya no veía a mis abuelos, ni a los vecinos que se habían asentado cerca de nuestra carpa. Pero no estaba preocupado, sólo tenía que seguir el río de regreso y me toparía con alguna referencia que me permitiese encontrar el camping donde vacacionábamos. Recuerdo que mientras más avanzaba por el río, menos turistas ocupaban sus aguas. En algún punto me encontré solo. A ambos lados del río la vegetación era mucho más frondosa y salvaje que la que crecía en el predio del camping y el sol de la tarde amenazaba con hundirse bajo el horizonte. Mis ojos estaban vueltos hacia abajo, buscando sombras que delatasen la vida de los peces. Entonces escuché una voz quebrada. Era la voz de un hombre mayor discutiendo con alguien más. Desde donde estaba, en medio del río, no podía verlo, así que me acerqué a la orilla.

—Me quiero morir, vieja. Ya estoy cansado. —Dijo entonces la misma voz.

Pude ver, detrás de los helechos, a una pareja muy entrada en años. Él se ayudaba con un bastón al caminar, y ella hacía lo mismo pasando su brazo por debajo del brazo libre del anciano. Venían caminando en dirección al río. La señora no respondió. Luego, cuando llegaron a la orilla, ambos me dedicaron una sonrisa antes de entrar al agua. Me preguntaron si estaba perdido y les dije que no, que mi camping se llamaba así y que estaba doblando aquel codo.

Lo único que sabía de la muerte era que había venido detrás de un asteroide hace más de sesenta millones de años y que había acabado con los dinosaurios. Pero estaba seguro de que ninguno de ellos la había invocado. No tenía idea de que alguien pudiera reclamarla, o que era posible desearla. Pero allí estaba yo, clavado en la arena, mi botella vacía, junto a un anciano que se bronceaba bajo el sol después de haber decidido irse para siempre.

¿Fue acaso sólo una ligera sombra, como cuando se pasa por un pequeño túnel en la ruta?

Esas palabras marcaron mi infancia, porque aprendí de golpe sobre la voluntad del hombre. Que la vida se completa, se llena, como mi botella cuando la sumergía en el río, y que después hay que vaciarla. Ahora, muchos años después, todavía pienso en el anciano en la orilla del río bajo un sauce llorón, su mirada perdida en algún lugar entre sus ojotas hundidas en las aguas, y en la anciana que todavía entrelazaba su brazo con el de él aunque ya estuvieran ambos sentado sobre la arena.

17/05/17

—Dejame acá. —Dijo Adrián.

El taxista lo miró por el espejo retrovisor mientras estacionaba detrás de una camioneta Ford roja. Adrián le devolvió la mirada, haciéndole saber que estaba seguro del lugar en el que se encontraba. El taxista espero en silencio una explicación, y cuando se dio cuenta de que no iba a recibirla, le dijo que eran ochenta y un pesos, que estaba bien con ochenta. Adrián pagó y se bajó del taxi mientras se enderezaba la campera.

La mañana estaba muy fría y una ligera niebla se había asentado a un par de centímetros del suelo. Adrián caminó a lo largo de la única estructura que ocupaba la cuadra. Todo ladrillo visto. Dos pisos de una mole roja con solo dos ojos, ambos defendidos por barrotes de hierro. La puerta de ingreso era de madera y debía de pesar cincuenta kilos, alguien había escrito con aerosol sobre la madera: “asesinos”. Adrián suspiró y tocó la puerta dos veces. Dentro resonó un eco muy grave, como el desperezar de una bestia. Después se escuchó el sonido de unos pasos pesados que se acercaban con parsimonia, como si la persona estuviese haciendo un esfuerzo increíble al caminar. Adrián pensó en un planeta donde la gravedad era varias veces mayor a la de la Tierra, se imaginó a un hombre cubierto por un traje gris levantando primero una pierna con esfuerzo y luego dejándola caer pesada sobre una superficie roja, luego la otra, revolviendo con cada paso un polvo alienígena del color de la sangre.

La puerta se entreabrió con un crujido y de la oscuridad emergió un rostro blanco con unos ojos muy pequeños y hundidos bajo una frente pronunciada.

—¿Es un periodista? —Preguntó el anciano.

—No. —Respondió Adrián. —Lejos de serlo.

De pronto, los ojos hundidos del viejo cobraron vida, o al menos así lo pareció, porque una luz tenue empezó a brillar bien lejos dentro de sus pupilas.

—Es usted… —Dijo mientras se esforzaba en abrir la puerta del todo. —Pase, por favor, le esperan.

Adrián entró mientras se volvía a enderezar la campera.

El anciano lo condujo por un largo pasillo hasta una sala de estar gigantesca. El techo estaba muy alto sobre la habitación y las paredes permanecían ocultas tras una gran biblioteca llena de ediciones viejas y roídas. Adrián pudo identificar desde libros de medicina de hace treinta años hasta novelas francesas del siglo diecinueve. El piso también estaba cubierto, pero por una alfombra deshilachada del color de la tierra. En el centro, como dos monolitos defendiendo un altar, descansaban unos sillones reclinables a ambos lados de un pequeño escritorio repleto de lápices y cuadernos. Adrián pensó en la posibilidad de que el pasillo de ingreso sea en realidad una máquina del tiempo y que todo lo que sucediese allí quedaría anclado en el pasado una vez volviera a cruzarlo.

—El señor se está terminando de vestir, por favor aguarde aquí. Puede sentarse en uno de los sillones si lo desea. —Dijo el viejo antes de desaparecer por una puerta que Adrián no había advertido. Luego todo quedó en silencio, desde allí no se podía escuchar ni el ruido de la calle. Entonces Adrián se sentó en uno de los sillones.

Pasaron unos minutos y un chico muy joven y apuesto entró por la misma puerta que el anciano había usado antes para salir de la sala. Vestía muy formal, como si se hubiese preparado para recibir visitas muy importantes. Adrián se levantó y estrechó la mano del joven.

—Es como volver veinte años atrás, ¿no, Adrián? —Dijo el chico sosteniendo una sonrisa que parecía de plástico. —Soy Ernesto, usted habló conmigo por teléfono.

Entonces Adrián deslizó su mano derecha en el bolsillo interno de la campera y sintió el frío y el peso del revolver.

14/05/17

Dijo que la oscuridad allí era muy azul. O algo así. Y yo me imaginaba entonces que debía de ser como caer despacio al fondo de esa pintura de Van Gogh, la de las estrellas en la noche, pero en mi cabeza todo sucedía bajo el mar. Eso me imaginaba, mi cuerpo flotando en algún punto del océano pacífico, que es más azul que el atlántico, rodeado de espirales todavía más azules, lejos de cualquier vestigio de vida, terriblemente abrumado por todo ese silencio debajo de mí y después cayendo. Eso pensaba cuando me decía que había visto una oscuridad muy azul entre nosotros, y que tenía miedo de perderse en ella. Yo sabía que tenía razón, que si podía sentir algo así era porque la distancia que nos separaba se parecía al océano pacífico dibujado sobre un mapa. Un espacio vacío lleno de latitudes y longitudes que no señalan ninguna parte.

Pasó mucho tiempo hasta que me di cuenta de que no había tal cosa. No había un cuerpo extranjero que nos separase. Esa distancia era yo. Todo el océano pacífico, todo ese vientre azul era mi propio cuerpo invadiendo el mundo. Y ahora sé que puedo flotar y dejarme caer, trópico a elección, mecido por las frías aguas hasta el fondo del mar. También sé que el suelo submarino, lejos de ser uniforme, contiene traducidas en su relieve todas las emociones evocadas durante cada uno de mis descensos, de suerte que la topografía se va configurando por la persistencia de mis sueños y la violencia de mis ideas.

Entonces, permanecer junto a mí se asemejaba a meterse en el mar helado que lame la costa chilena y empezar a nadar contra la corriente de Humbolt. El frío invadiéndolo todo, el corazón intentando sostener la vida por medio de espasmos frenéticos y la respiración siguiendo el ritmo de la sangre, cada vez más acelerada. Hasta el inevitable shock y la asimilación de mi cuerpo. Y la oscuridad muy azul congelando el último respiro para siempre, adueñándose de la vida a pesar de su resistencia.

Mis dedos todavía siguen extendiéndose, como olas, por la superficie del planeta; intrusos buscando topografías submarinas más profundas, más lejanas, donde sondear el relieve de los cuerpos conquistados.

Pero atesoraré más a ella que al resto, porque yace sobre mí sin permiso y ejerce una voluntad inteligente que todavía no logro descifrar. La siento entre los ojos y en el tórax. No puedo determinar su forma y hay días en los que pienso que a través de ella es mi tacto, y toco con sus manos azules la arcilla de la tierra y veo por momentos su lengua dibujada en la piedra, una y otra vez. Esos días tengo la ligera sospecha de que, a pesar de haber dicho que la oscuridad allí era muy azul, ella tomó la decisión de desnudarse y entrar en mi cuerpo. La veo combatiendo las olas brazada tras brazada tras brazada, alcanzando el mar calmo, el calor de su cuerpo huyendo como circulitos rojos en todas direcciones. La veo tragando mi cuerpo salado y perdiendo la conciencia. La veo cayendo hasta el fin del mar con los ojos muy abiertos y luego emergiendo hecha tierra, dulcemente, sin violencia, partiendo mi feudo en dos y convirtiéndose en el único continente que me habita.

10/05/17

Es imperdonable, dijo Elena. Esos enfermos mataron a alguien. ¿Cómo pueden quedar impunes, Marcos? Tranquilizate, Elena. Vos sabés los problemas que podemos llegar a tener, no nos queda más que esperar. ¡Esperar las pelotas, Marcos! ¿Te acordás de lo que pasó la otra vez en Misiones? La nena de papá, quince añitos, saliendo en un Mini Cooper y desarmando a ese motociclista a las seis de la mañana. Seguro que en dos años está festejando su cumpleaños en Disney. Bueno, pero esto es diferente, Elena. ¡Lo molieron a palos, Marcos! ¡Lo molieron a palos!

La puta madre, tanto quilombo por un indigente que no servía para nada, dijo Mauricio. Ahora seguro van a cortar el centro y voy a llegar tarde al despacho. El tipo vivía en la calle, de última le hicieron un favor. Yo les daría la mano. ¡Ay, Mauricio! ¿Cómo vas a decir eso? ¡Pero, sí! Te digo que esa clase de gente después va y roba. El estado tiene que andar gastando plata nuestra para mantenerlos. No sirven y punto. No sé, a mí me sigue pareciendo un acto cruel, como cuando despellejaron a ese perrito, ¿te acordás? No, ni quiero. Bueno, decile a tu hijo que salga y saque a sus amigotes de esa bendita pieza de una vez, así puedo limpiar. Dejalo, tiene veintiséis años, se está divirtiendo. Hace dos semanas que se está divirtiendo y vos sabés que no me gusta que la casa esté desordenada por tanto tiempo, ¿y si vienen visitas? Dejalo, ya te dije, todos pasamos por esa etapa de boludos a esa edad.

Ninguna de las cámaras de seguridad de la cuadra funcionaba durante el momento del ataque, dijo el cabo Luna. No hay sospechosos todavía, pero varios testigos aseguran haber visto un grupo de adolescentes borrachos armando barullo por los alrededores. El hombre, todavía no identificado y de edad indefinida, habituaba dormir bajo el techo de estos edificios por la noche y trabajaba como cartonero por la mañana. Se cree que regresaba de trabajar cuando se cruzó con los asaltantes.

Él se lo buscó, dijo Iván al borde del llanto. Nos bardeó, nosotros no le estábamos haciendo nada. Callate que te va a escuchar tu papá. No entendés que se murió. Estamos en el horno, yo les dije que dejaran de pegarle, ustedes no paraban, ni siquiera cuando el tipo parecía un saco de arena. Y vos lo tumbaste, vos buscaste el bardo. Si mi papá se entera, me mata. La puta madre. Deberíamos decirle a Mauricio, ¿no es un abogado re groso? No, mi papá no se entera y punto. No le decimos nada a nadie. Era un viejo de mierda, en tres días ya nadie va a hablar del tema. Yo tengo que volver a casa, Iván, si me quedo más tiempo van a empezar a pensar que hay algo raro. Andá, pero no digas nada, esto se arregla solo.

¿Qué vas a hacer, Marcos? ¿No entendés que Mauricio es dueño del edificio, Elena? Si digo que la cámara funcionaba, lo van a ver al pelotudo del hijo. Me quedo sin laburo. Tengo que mostrarle la cinta primero, él va a saber qué hacer. El tipo no le hacía nada a nadie. Te ayudó a subir el somier y no te cobró nada. Siempre nos agradeció la ropa que le dejábamos y las sábanas viejas. Salía a trabajar todos los días. El hijo volvía de joda, un martes, ¿entendés? Mauricio va a saber qué hacer, Elena. Seguro nos dice que entreguemos las cintas a la policía. Vivís en una nube de pedos, Marcos.

Yo sólo quería dormir, no dijo nadie. Estaba convencido de que los demás ya no me veían. No recuerdo el instante exacto, pero de un momento a otro empecé un proceso paulatino de desaparición, o de ocultación. Y de repente podía dormir en paz, podía descansar. Trabajaba por las mañanas y a veces volvía a materializarme bajo el sol, pero no duraba. ¿Por qué entonces pude pedir algo, reclamar o rogar en la hora más oscura? Si pasé por ese monstruoso proceso fue porque mis deseos causaban una resistencia violenta como respuesta del mundo. Cualquiera fuese mi deseo. Deseo de ayuda o deseo de ayudar. No me sorprendió entonces que la resistencia del mundo, ante mi petición de silencio para poder dormir, se haya manifestado en ese grupo de chicos, primera defensa del orden que prevalece, impidiendo una posible y aberrante manifestación de mi existencia.

Pero estaba muy cansado y realmente quería dormir, no pensó nadie.

09/05/17

Según el mapa, dibujado sobre un papel ya amarillo y estropeado, aquella era la comunidad de los hombres-bestia. Cuatro estructuras de madera se elevaban hacia el cielo, eran pequeñas chozas que se sostenían en el aire gracias a gruesos troncos de madera insertados en la tierra. Vistas desde el bosque, donde el ladrón ahora se encontraba, parecían integrar las partes de una araña de madera alzada en sus ocho largas patas. Una escalera, también de madera, unía las cuatro casuchas. Si uno quería llegar hasta la última, la más alta, debía primero pasar por las otras tres. El ladrón volvió a ver el mapa con la esperanza de haberse equivocado, pero aquel era el lugar marcado. Allí estaba la niña de los pinceles. Los hombres-bestia la tenían prisionera.

El aire se tornó espeso cuando el ladrón salió de la lindera del bosque, y un olor nauseabundo y penetrante invadió sus fosas nasales. El lugar parecía deshabitado, las casas estaban descuidadas y la madera podrida, era un milagro que siguieran en pie. La lluvia caía ligera y en vertical desde hacía horas, tan fría que las gotas al tocar la piel del ladrón parecían pequeños alfileres cayendo de punta. Pero el agua era una buena noticia, haría que el trabajo sea más fácil, los hombres-bestia tendrían problemas al tratar de localizarlo bajo la lluvia. Una vez escapara con la niña de los pinceles, el ladrón los dejaría atrás sin problema. Pero hasta entonces debía apurarse. Ellos no estaban allí, no cuando el sol permanecía alto en el cielo. Estaban fuera, cazando.

Los escalones de madera crujían a cada paso. El ladrón tenía la sensación de que todo el bosque podía oírlo por sobre el sonido de la lluvia. Nunca había sufrido vértigo, pero no podía evitar un ligero mareo, mezcla de los nervios y el olor nauseabundo de la sangre y la putrefacción que se iba haciendo presente a medida que ascendía.

La primera choza estaba vacía, solo había una sencilla litera colocada en medio de la habitación. El agua entraba de a montones por la ventana abierta y armaba charcos por aquí y por allá. Las paredes de madera estaban cubiertas de hendiduras, como si alguien hubiese cortado la madera con un objeto filoso. Eran marcas hechas con inteligencia, formaban dibujos bien definidos: la mayoría representaba partes de la anatomía humana. El ladrón supuso que los hombres-bestia habrían intentado comunicarse con la niña de esa forma y un escalofrío recorrió su espalda.

Las piernas del ladrón empezaron a fallarle durante el ascenso hacia la segunda choza. Ya estaba muy viejo, su cuerpo ya no respondía como lo había hecho durante su juventud. Ahora pasaba la mayor parte de sus días soportando un cansancio que le parecía ajeno, como si alguien se lo hubiese puesto a cuestas de repente y sin aviso. Se detuvo a mitad de camino. La lluvia empezó a caer con mayor intensidad. El chaleco empapado le pesaba y la fuerza del agua al golpear su rostro le impedía respirar con facilidad. Tomó un descanso y contó hasta diez. Cuando recuperó sus fuerzas saltó los escalones que le quedaban de par en par hasta la segunda estructura, ya a unos diez metros del suelo.

Las ramas de los árboles cercanos se colaban por las ventanas abiertas de la choza y se movían violentamente a merced del viento, produciendo sombras animadas que reptaban por toda la habitación. La niña estaba sentada sobre un taburete en medio de la sala. Su rostro no tenía expresión alguna. Frente a ella había un lienzo blanco adherido a una piel de animal seca que colgaba de una especie de cuerda roja atada a una viga de madera —no, no era una cuerda—. Los pinceles yacían a su lado, todavía ordenados dentro de una pequeña caja de bronce. No hay nada que dibujar, le dijo al ladrón cuando este se acercó a ella. Los pinceles no funcionan. El ladrón no dijo nada, miró las piernas de la niña que parecían rotas, estaban llenas de cardenales de un color entre el negro y el morado. El ladrón se percató de que en el umbral de la puerta se recortaba un cuerpo gigantesco, de poco más de dos metros. Respiraba trabajosamente. Su pecho, cubierto de transpiración y abundante pelo, subía y bajaba con violencia. Sí, sí lo hay, le dijo el ladrón a la niña y se sentó con dificultad a su lado. Tomó la caja de bronce y la colocó sobre el regazo de la pequeña. Mira cómo llueve afuera, niña, escucha el viento cómo intenta arrancar los árboles de raíz, presta atención, vienen a buscarnos. La sombra de la bestia dio un paso hacia adelante para ingresar en la choza. El ladrón intentaba no mirarla, pero podía escuchar el jadeo de la bestia a medida que se acercaba y la saliva revolviéndose en sus fauces. ¿No te gustaría irte de aquí? La bestia soltó lo que hasta entonces apresaba con sus garras y que el ladrón no había visto. Lo que sea que fuera, o que haya sido, cayó con un ruido húmedo sobre la madera de la choza y el agua a su alrededor se tornó roja. Entonces la bestia emitió el aullido más espeluznante que el ladrón había oído. El viento amainaba, pero el bosque seguía moviéndose. Dibuja una salida, niña. Dibuja una salida para los dos, dijo el ladrón justo antes de sentir una presión sobre su hombro y un dolor eléctrico extendiéndose hasta la punta de sus dedos. Notó la sangre fluir por debajo de su ropa y gotear sobre la madera. Entonces la niña tomó uno de sus pinceles y lo tiñó de rojo antes de posarlo sobre el lienzo blanco.

07/05/17

La primera vez que vi pasar el tren, yo tenía diez años. En aquella época disfrutaba pasar el tiempo cerca de la casa abandonada del ferrocarril, donde había un predio muy grande destinado a las locomotoras y los vagones que no estaban en uso. Jugaba a atrapar insectos raros y a clasificarlos como si fuese un biólogo realizando un trabajo de campo. Luego los llevaba a casa, los encerraba en un frasco de mermelada vacío y los olvidaba. El predio, abandonado y descuidado, ocultaba los rieles bajo una vegetación frondosa y desordenada. Durante el invierno, los enjambres de mosquitos parecían pequeñas nubes que se arremolinaban cerca de los charquitos de agua dejados por la lluvia, y por las noches los grillos y cigarras no paraban nunca de cantar. La humedad y el frío atraían una cantidad innumerable de bichos raros que pululaban en el campo abierto, lejos del trajín humano. Dentro del predio solo quedaban algunos vagones abandonados y el terreno estaba separado de la calle por dos muros de ladrillo visto. La única forma de entrar y de salir era siguiendo las vías del tren, donde las paredes se abrían para que la locomotora y los vagones pudiesen salir. La casa abandonada del ferrocarril se alzaba muy pequeña en la distancia, tragándose el último recorrido de los rieles. En aquel entonces no dejaban que me acerque mucho a la estructura ya roída por el tiempo, mamá decía que estaba en una parte peligrosa del barrio.

En ese espacio de juego, las vías del tren significaban para mí la referencia más importante que tenía para encontrar el camino de regreso. Desde mi casa, las vías del tren cruzaban dos calles poco transitadas y una avenida importante. Para volver debía cruzar la avenida y luego girar a la izquierda hasta topar con la panadería donde me hacían buscar los bizcochitos por la mañana. Desde allí ya era fácil ubicarme, mi casa estaba sobre esa misma cuadra, solo que en la otra punta. Entonces, mientras jugaba, procuraba no distanciarme mucho de los rieles, tenerlos siempre a la vista, así podía hacer mis investigaciones con la tranquilidad de saber que no me perdería. Luego, antes del anochecer, regresaba saltando las vías de un lado a otro, jugando a que no debía tocarlas con los pies. Si tenía éxito, mi mamá me estaría esperando con milanesas y pure de papas. Si no lo lograba y terminaba tocando los rieles, habría sopa de hongos.

Los vagones abandonados eran para mí una parte indisoluble del paisaje en el baldío. Jamás se moverían, y no estaba seguro de si alguna vez lo hubieran hecho. No eran más que tres monolitos de otro tiempo. Tenían dos bocas enormes que, incluso a plena luz del día, revelaban una oscuridad impenetrable. Algunos días, mientras jugaba, veía personas emerger de esa oscuridad para salir del baldío, siempre con ropa de trabajo. Nunca me miraban, parecían provenir de un mundo ajeno al mío, algo que mucho más tarde, ya de adulto, comprobaría como cierto. Me preguntaba si habían pasado allí la noche y si existían más vagones abandonados desparramados por el mundo, llenos de escombros y personas sin hogar. Tenía la sensación de que sólo podía ver a esas personas mientras permaneciera dentro del terreno abandonado, de que si hubiese estado parado sobre la vereda, del otro lado, fuera del baldío, no hubiese visto más que los vagones con sus bocas abiertas.

El tren pasó una tarde de invierno. Por la mañana había hecho mucho frío y yo estaba abrigado con una campera polar que apenas me dejaba mover los brazos. Parecía el muñeco Michellín. Me costaba muchísimo trabajo agacharme y me había empecinado en atrapar lombrices. Sentado sobre la hierba, metía las manos bien profundo en la tierra húmeda, guantes y todo, y removía con fuerza hasta que el barro se empezaba a colar por las mangas de mi campera. Recuerdo que las vías del tren estaban solo a unos metros y que de un momento a otro habían empezado a temblar. Entonces vi la locomotora a lo lejos. Un gusano gigante entrando lentamente en mi parque. De los vagones abandonados habían salido varias personas, no recuerdo cuántas, quizá ocho o nueve. Permanecieron del otro lado de las vías, al igual que los vagones. Todos estaban sucios y desabrigados, y temblaban de frío. Justo antes de que la locomotora pasara frente a mí, pude verlos apiñándose. Empezaron a acercarse unos a los otros sin decir una palabra, hasta quedar muy juntos. Mujeres y hombres. Entonces pasó el tren. Recuerdo que quedé impresionado por la cantidad de vagones. No llegué a ver el último.

Cuando la locomotora ya estaba muy lejos, el tren emitió un chirrido muy agudo, más agudo que el de las cigarras al anochecer, y se detuvo de golpe. La máquina ya cruzaba el baldío de lado a lado. Las personas de los vagones abandonados y yo quedamos separados por el monstruo de metal. Era tarde y tuve miedo de quedar encerrado allí, que la noche llegase y yo no pudiese regresar. Recuerdo el cielo plomizo muy arriba y la luna creciente recortada sobre él. Mis guantes estaban empapados y tenía mucho frío. Las personas de los vagones abandonados seguían muy juntas, ahora con sus ojos vueltos hacia mí. Podía verlas entre los resquicios del tren. Parecían una sola cosa. ¿Era también la primera vez que veían el tren pasar?

Pasó mucho tiempo hasta que el tren empezara a moverse de nuevo; cuando lo hizo, se movió hacia atrás, en reversa, y desapareció por donde había venido. Las personas ya no estaban allí, solo los tres vagones bañados por la penumbra del anochecer. Entonces, como muchas veces antes, seguí las vías hasta casa. Esa vuelta permanecí todo el recorrido de un solo lado, sin atreverme a saltar hacia el otro. Cuando llegué a casa ya había oscurecido. Más tarde me enteraría de que aquella había sido la noche más fría del año.

04/05/17

Pensar en una cantidad limitada de palabras, y en un orden específico para esas palabras, que pueda contener un sentido completo, que pueda cerrar un círculo, es una tarea muy difícil, pero no imposible. Mientras mayor sea la cantidad de palabras, más específico se debe tornar el orden, y por lo tanto mayor es la dificultad de lograr que el círculo se complete. En mi vida me he encontrado con más de un puñado de esos círculos. La mayoría los hallé engarzados al corazón de un libro. Esto quiere decir, escondidos dentro de un cuerpo mucho más grande, donde otros órganos también juegan un papel importante para que dicho corazón tenga una razón al funcionar. Para que se entienda esta escasez de círculos, es conveniente mencionar que no todos los libros tienen corazón. Algunos están construidos de tal forma que sus venas y arterias terminan fuera del cuerpo o en callejones sin salida, toda la maquinaria funciona sin objetivos claros y uno puede llegar a entender algunos procesos sólo si los separa del resto. No quiero decir con esto que la lectura de dichos libros sea de peor calidad, sino que en libros así no hay círculos, todo es anguloso. Otros libros tienen un corazón tan grande que es posible encontrar muchos círculos funcionando como bombas auxiliares junto al órgano. En esos casos, la sangre se irriga demasiado rápido dentro de un cuerpo muy pequeño y la presión en los vasos sanguíneos aumenta hasta las nubes. Tal es el poder de los círculos. Uno es capaz de sentir el impulso del nuevo engranaje apenas se topa con él. También encontramos libros con múltiples corazones y círculos repartidos por todo el cuerpo, donde es más difícil distinguir unos de los otros, porque siempre hay una tendencia de los segundos por gravitar en torno a los primeros.

Es muy importante que estos laberintos circulares de palabras existan. Aunque no son necesarios para que un sistema funcione, tienen un fin muchísimo más valioso: abrir un pequeño portal por donde es posible ver, como si se tratase de una ventana, una verdad sin filtros, la verdad pura. Entonces uno lee que el viento en Luvina “rasca como si tuviera uñas: uno lo oye a mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos”, y sabe que la voz está diciendo la verdad; es posible ver, a través del portal, las manos laboriosas del viento violentando el alma del hombre. Es una imagen auténtica que solo aparece cuando cierra el círculo, ya que si no se completan los trescientos sesenta grados, el portal no se abre, y lo único que nos queda es un significante impuro y demasiado complejo, incapaz de pasar hacia el otro lado.

Estos círculos que abren portales, como dije al principio, pueden aparecer en cualquier lugar de una obra escrita. Es cierto que tienden a anidar cerca de los corazones, donde la sangre toma impulso, pero también pueden, si tienen la fuerza necesaria, adherirse a otras partes —algunas de ellas muy alejadas de los órganos principales—. Resulta muy divertido y adictivo, entonces, enfrentarnos a una nueva obra con la incertidumbre de no saber si nos encontraremos con una ventana y qué veremos a través de ella en el caso de encontrarla.

¿Cómo nos damos cuenta de que estamos ante un portal? Fácil, los mismos mecanismos que se activan en la lectura cuando nos encontramos ante un círculo, también lo hacen en nuestra biología, creando una suerte de proyección simétrica, de reflejo, sobre nuestro cuerpo. Nosotros somos, después de todo, la última incógnita de la ecuación que expresa y completa la circunferencia.