Bilis Negra I

Si no pienso en ellos, tal vez se irán. Así era la cadena de pensamientos que le invadía. Si no los veo, no los escucho y no les presto atención, tal vez se irán. Pero a pesar de intentarlo, ellos nunca se alejaban de él por mucho tiempo, permanecían allí sobre su cabeza, como un velo pesado o una prenda mojada. A veces también los veía reflejados en los espejos, como un cataplasma violáceo sobre su rostro.

El líquido negro y espeso se vertía desde las puertas abiertas de ambos departamentos, derramándose despacio y con dificultad sobre la alfombra roja del vestíbulo. El ascensor tardaba en llegar y Sergio se encontraba solo. Las luces no funcionaban; no esperaba que lo hiciesen, pero la luz de la tarde era demasiado débil y todo permanecía en penumbras, lo que hacía difícil distinguir las sombras agitándose dentro de los departamentos.

El tiempo transcurrió demasiado rápido, pero Sergio había logrado sanear los dos últimos departamentos en el piso, los cuales dejó abiertos al salir para que la bilis negra se derramase. La escalera de emergencia, ubicada a unos metros del ascensor, prometía abrirse paso tanto hacia abajo como hacia arriba, pero Sergio sabía que entre el piso tres y el piso cuatro se habían depositado demasiados escombros cuando se intentó demoler la estructura, y ahora los pedazos de material obstaculizaban el paso por ese tramo, como piedras en una arteria.

El ascensor era la única vía de salida y estaba controlado por los caprichos del edificio.

No había un alma humana en todo el edificio, salvo la de Sergio. Hacía años que nadie pisaba el complejo de apartamentos, ahora dormido en pleno centro de la ciudad, abandonado por el municipio y por los hombres; un leviatán de piedra gris y ventanas rotas, oscuras bocas que permanecen abiertas para siempre, como gritos silenciados en pleno acto. Sergio sabía que si el abandono y el olvido continuaban, la enfermedad empezaría a brotar no ya desde los pisos en su interior, sino también por las ventanas que dan al exterior y por el mismo ingreso de la vivienda. Y entonces sería demasiado tarde. Para evitarlo, la única solución era sanear el lugar desde dentro, dejar que la bilis negra se desparrame desde el interior de los departamentos, evitando así que alcance la altura de las ventanas o escape por las tuberías. Era un proceso peligroso: quién sabe qué formas podía adoptar el líquido dentro de cada habitación.

Durante su época como estudiante, Sergio había habitado uno de los departamentos del piso más alto. Había compartido el espacio con otros dos compañeros, con quienes ya no mantenía contacto. Dejaron de hablarse luego del incidente, en silencio y como acordado. Ahora todo aquello aparecía muy lejano en la memoria de Sergio, tan lejano que muchos de los detalles se habían extraviado. Las luces de esos recuerdos se habían apagado en algún momento, como bombillas reventando súbitamente por el uso excesivo y reiterado.

Pero Sergio volverá a poner pie en el piso más alto y en su antiguo departamento, y entonces todas las luces se encenderán por última vez, cuarto por cuarto, revelando todo lo perdido. Ahora no lo sabe. Ahora espera en un piso inferior mientras la bilis negra continúa manando de los departamentos enfermos, fluyendo lentamente hacia él.

Entonces apareció el ascensor. Su persiana de acero eran dientes oxidados y su interior estaba tapizado con el color de la sangre, o del fuego. Manchas oscuras salpicaban el piso de goma; eran de la misma sustancia que permitía el movimiento de la máquina, la misma que contaminaba todo el edificio y construía dentro de los departamentos las figuras de apariencia humana que ahora estaban giradas hacia Sergio.

El miedo le invadió de golpe. Llevaba allí dos años, pero no terminaba de acostumbrarse.

El valle inquietante.

Ya en la calle Sergio notó una emoción intensa que reptó desde su columna hasta su cabeza, adhiriéndose al hueso. El siguiente piso era el suyo.

Pero para entender hacia dónde se dirige, es mejor empezar por el comienzo.

 

22/06/17 -Día del padre-

—Despierta, tu padre viene a buscarte. —Dijo mamá, y se me encogió el corazón.

Me acerqué a la ventana de mi cuarto y vi cómo el dulce mar, el mismo mar que antes apenas lamía la costa de nuestro Pueblo, empezaba a agitarse. También vi la caravana de vehículos escapando por la calle principal rumbo a las montañas. Hacía varias semanas que ya esperaba su llegada, pero no importa cuánto tiempo espero, nunca me siento preparado, y ver cómo el pueblo se va deshabitando siempre me entristece.

Me quedé un tiempo mirando la corriente, dedos de mar ingresando al Pueblo por sus calles vacías, antes de empezar a hacer mis valijas. Escuchaba a mi madre y a mi hermana ir y venir dentro de la casa. Buscaban cualquier cosa que podría arruinarse por el agua y la metían dentro del auto. Yo no tenía nada así. Me quedé junto a la ventana mientras el mar le fue ganando terreno a la playa hasta vencerla. Los botes pesqueros se mecían y bailaban entre las aguas turbulentas, amarrados a un muelle que ya había desaparecido.

Era muy temprano por la mañana y mi padre no llegaría hasta la tarde.

Vi a Ernesto, mi vecino, abandonar su casa cargado de libros y salí a saludarlo. Siempre era uno de los últimos en dejar el Pueblo. El agua ya le llegaba hasta las rodillas y sostenía una pila de cinco libros sobre su cabeza.

—¡Solaris! —Me gritó desde el otro lado de la calle mientras intentaba abrir la puerta de su camioneta. —Es un planeta como un mar. Si uno se acerca lo suficiente, el océano se mueve y dibuja en el espacio lo que uno tiene en la cabeza, como un espejo.

Siempre está hablando de libros.

Cuando finalmente pudo guardar sus libros, cerró la puerta de su camioneta y cruzó la calle en mi dirección, calculando sus pasos para no tropezar con los hoyos en el pavimento ahora escondidos bajo las aguas frías y oscuras.

—Creo que ya tienes edad suficiente para entenderlo. —Me dijo sosteniendo un libro a la altura de mi nariz. “Lem” leí en su cubierta. No me gusta leer, pero algún día quiero ser como Ernesto. Es el único que se acerca cuando las aguas empiezan a invadir el pueblo y siempre anda prestándome libros que nunca leo, pero hay algo en su forma de caminar y de moverse que me transmite tranquilidad, como si no le importase que todos los veranos el Pueblo quede sumergido bajo el mar y él se vea obligado a huir con sus libros a cuestas.

—Nos vemos a la vuelta. Creo que descubrí cómo sacar esas algas rojas y problemáticas con facilidad, y voy a necesitar de tu ayuda. —Sonrió y se alejó en su camioneta partiendo el mar en dos.

Cerca del mediodía mi madre nos juntó a los dos, a mi hermana y a mí, y nos llenó de besos con sus labios húmedos de lágrimas. Portarretratos vacíos flotaban entre nosotros. Me dijo que cuide de Guillermina y que llame seguido. Entonces también tomó su auto y manejó hacia las montañas.

Nos quedamos solos en el Pueblo. Ya no se veía la caravana, sólo a mi madre que se había bajado del auto al pie de la montaña y agitaba sus brazos. El agua salada ya nos cubría hasta la cintura. Papá estaba cerca. En silencio usamos las bombas mecánicas para inflar los pequeños botes donde colocamos nuestras maletas, y luego, cuando el mar ya entraba como una cascada por las ventanas de la casa, inflamos también los chalecos salvavidas.

Cuando la silueta de nuestro padre se dibujó sobre el horizonte, lejos en el mar, ya apenas se veían los techos de las casas y los postes de luz, y mi hermana y yo permanecíamos asidos a los botes inflables, que se movían violentamente a merced de las olas.

No importa cuánto tiempo haya estado esperando por él, nunca estoy preparado, y mi corazón da un vuelco cada vez que papá aparece junto al océano oscuro, y me amedrenta cuando avanza sin tocar el agua con sus pies, a varios metros por sobre las olas, viniendo por nosotros.

15/06/17

Las aventuras de Mariano y Sebastián II

Mariano despertó después de medianoche, cuando volvió a oír la voz de su padre a través de la ventana cerrada de su cuarto. Escuchó en silencio lo que su padre decía:

Entonces, cuando cumplí los veintinueve años, me enteré de que tenía un hijo. Y huí. Corrí tan lejos como me fue posible. Primero al sur, luego al norte. Después ya no recuerdo, sólo sé que en algún momento ya me encontraba tan lejos que me era imposible ver hacia atrás; digo ver, porque cuando giraba para mirar a mis espaldas, no había más que sombra. Mi hijo también era una sombra. Poder seguir funcionando así me sorprendió. Quizá ese fue mi castigo por escapar, quedar encadenado al movimiento de la huida. Y entonces algo se rompió dentro de mí, algo indispensable, y quedé totalmente a oscuras. Ante tal situación, donde hasta la inercia de la huida se había extinguido, sólo me quedó la culpa, y mandé todo al carajo. Volví sobre mis pasos en la oscuridad y cada movimiento fue un infierno. Pude sentir, mientras retrocedía, cómo mi piel se volatilizaba lejos de mis huesos y mi sangre caía como por una canilla abierta y mis ojos se volvían líquido y mis huesos se astillaban. Así por mucho, mucho tiempo. Pero a cambio de mi cuerpo, fui recuperando mi memoria. Y es por eso que pude contarte sobre mí, sobre mi vida. Porque en algún momento, entre todo ese insoportable dolor, más allá de mis gritos, encontré algo usando el único sentido que todavía cabía en mí, el tacto. Y al tocar aquello, se hizo visible en mi cabeza, como si también fuese un recuerdo. Así encontré esta ventana. Y ahora sé quién habita detrás, alguien a quien debo decirle algo muy importante…

La voz calló sin un “te quiero” y Mariano salió del estado hipnótico al que estaba sometido. Ahora sostenía su teléfono celular e intentaba marcar el número de Antonio mientras sus manos temblaban, tal como le había sugerido Sebastián. Salió de su habitación sin perder de vista la ventana de vidrio esmerilado, no quería estar cerca si el celular de Antonio sonase detrás de ella. La imagen de una figura humana flotando a más de quince metros de altura no era algo atractivo de imaginar, era una escena que a Mariano le recordaba una películas de vampiros que había visto en su infancia.

Presionó el botón de llamada en la pantalla táctil.

Mariano se encontraba en medio del pasillo que conecta su habitación con la sala comedor, llave en mano, preparado para correr. Le resultó irónico pensar que esta vez podía ser él quien escapase sin mirar atrás.

Primer tono de línea.

Mariano activó el altavoz.

Segundo tono de línea.

Mariano retrocedió dos pasos más hacia la sala comedor. Era una posibilidad muy remota. Antonio podía no ser su padre, o haber cambiado su número de teléfono, o estar flotando ahora sin el aparato cerca. Se sintió un loco esperando que un fantasma o un vampiro atendiese un teléfono celular.

Tercer tono de línea.

Cuando Mariano todavía no había cumplido los diez años, su madre le contó que Antonio era aficionado a los Beatles. Para cuando entró en la adolescencia, Mariano ya conocía toda la discografía de la banda. Por eso no le pareció extraño cuando creyó escuchar Lucy in the sky with diamonds, primero demasiado bajo como para distinguir de dónde provenía la música, luego más fuerte, detrás, en la sala comedor. Tampoco esto último le pareció extraño, ¿acaso la voz no le había advertido?

Gracias por invitarme.

09/06/17

Un corazón. Quiero un corazón, decía el ladrón en sueños. La escena todavía lo asaltaba, la bestia cerrando su mandíbula sobre el hombro del anciano, el brazo escapándole del cuerpo como si fuese de paja, la niña con las piernas rotas, incapaz de levantarse, y la cajita de bronce derramando los pinceles. Luego el sueño mutó. Ahora estaba en una celda de la guardia en su ciudad, era joven otra vez y miraba a través de los barrotes de la única ventana que servía como respiradero. Era de noche y todo estaba muy oscuro, tan oscuro que podía oír los latidos de su corazón desacerlerando, más y más y más… hasta que se detuvieron por completo, pero él seguía de pie, dentro de la estrecha celda, todavía funcionando.

Cuando el ladrón despertó, estaba muy lejos de la ciénaga donde se erguía la tarántula de madera, la casa de las bestias. Yacía sobre un cómodo colchón de plumas y podía respirar un aire limpio que ingresaba a través de una puerta abierta al exterior. El clima era agradable. Entonces recordó y se incorporó asustado, sintió el corazón explotando dentro de su caja toráxica, como muchas veces antes, y se llevó ambas manos al pecho buscando algo por sobre su ropa, como si esperara tocar de repente los extraños mecanismos de un reloj averiado. Ambas manos. Y se tranquilizó. Las volvió a alzar hasta la altura de sus ojos mientras todo su cuerpo temblaba.

No puede caminar, dijo la cazadora. Le rompieron las piernas en mil pedazos. Y el ladrón movió rápidamente sus piernas y se puso de pie. No las tuyas, las de la niña.

Entonces el ladrón vio por primera vez a la cazadora. La niña colgaba dormida sobre su espalda, sostenida por tiras de cuero atadas en la cintura y pecho de la cazadora. Ella nos sacó de allí, dijo el anciano. Nos sacó con sus pinceles. La cazadora estudió un momento al hombre regordete, de estatura baja y cabello cano. Hay sopa en la cocina si desea comer, nosotros nos iremos a ver al sanador, dijo la mujer. Ella dibujó mi brazo, escupió el ladrón. Ella volvió a dibujar mi brazo derecho y nos sacó de allí y quiero ir con ustedes.

La cazadora no era la madre de la niña. La cazadora no conocía a la niña de los pinceles, pero había escuchado hablar de ella. Cuando la vio aparecer junto al anciano, manifestándose en el aire y de la nada, a orillas del río, junto a la caja de bronce, entendió de inmediato de quién se trataba. Entonces los cargó hasta su pequeña cabaña, donde llevaba una vida de eremita. Como el ladrón, la cazadora también quería que la niña dibujase algo para ella. Pero esto lo expresaría mucho más tarde.

Los tres desconocidos; la niña de los pinceles, el viejo ladrón y la cazadora eremita, descansaron en la cabaña por dos días y dos noches. Luego emprendieron viaje a la ciudad, donde buscarían al sanador para que repare los huesos rotos de la niña, la niña de los pinceles, quien estaba condenada a pintar sobre el lienzo sólo el deseo de los demás.

08/06/17

La estufa estaba funcionando al máximo. Por la ventana no se veía nada, ni siquiera las luces de la calle, pero sí se oía el viento arremolinándose en las esquinas y silbando sobre los techos de las casas. La tormenta había llegado como la noche, opacando rápidamente los colores de la ciudad. Las nubes eran negras y la luz de los rayos revelaba por momentos la cortina de lluvia que caía inclemente. Y así como había llegado la tormenta, también llamaron a mi puerta.

Toc Toc… Toc Toc…

No tocaron el timbre, golpearon la puerta. Considerando la tormenta, cualquiera hubiese esperado uno de los cuatro jinetes, y hubiese sido preferible aquel que monta el alazán y no el pálido. Apenas giré la llave, el viento se encargó de empujar la puerta junto con mi cuerpo, abriéndola de par en par. Una figura humana recortada sobre la oscuridad se erguía estática bajo el dintel de la puerta, como si fuera un aspecto de la tormenta. La lluvia entró a caudales en mi antesala y pude sentir la humedad lamiendo mis tobillos desnudos. La tormenta antropomórfica no habló, entró en la casa mientras yo intentaba con todas mis fuerzas cerrar la puerta. Cuando la tormenta hubo cruzado la antesala, la puerta se movió de golpe, succionada por el cielo, y corrí rápidamente la llave.

Clac… Clac…

Empapado y respirando trabajosamente, le pregunté a la sombra si se encontraba bien, si necesitaba cambiar su atuendo oscuro y mojado. Cuando habló, escuché junto a su voz el viento corriendo por las habitaciones y trepando hasta el cielo raso sobre mi cabeza. Me respondió que ya alguien le había hecho esa pregunta. Entonces siguió avanzando por el corto pasillo que da a mi habitación, donde con esfuerzo se sentó al borde de mi cama y por primera vez se mostró fatigado y humano. Luego se acostó boca arriba y pude ver dentro de su cuerpo, como si este fuese la pantalla de un televisor, las nubes revolviéndose con violencia, bajando y subiendo entre relámpagos —los órganos de la tormenta—.

Brrmmm…. Brrmmm…

Esa noche dormí en el futón, al lado de la estufa.

Por la mañana la tormenta había cedido, en la calle los árboles seguían de pie, pero torcidos por el viento, como en una pose de reverencia. El cielo tenía un color blanco y brillaba. Me senté cerca de la ventana a tomar café, desde ahí veía a mis vecinos limpiando sus aceras, buscando sus autos, cambiando sus ventanas. Y también vi las sombras saliendo por sus puertas y haciéndose cada vez más pequeñas, hasta que desaparecieron. El hombre que durmió en mi cuarto también estaba junto a mi ventana. La tormenta se había ido de él. Ahora era un joven de rostro sucio y abatido y de ropa andrajosa del color de la tierra. Le ofrecí café y aceptó. No dijo nada, y pensé que hice bien en dejarle entrar con lo peligrosa que había sido la tormenta.

Terminamos el café mientras los vecinos seguían sufriendo y buscando lo que el viento les había arrebatado fuera de sus casas. Entonces esquivamos los escombros de mi biblioteca y la puerta arrancada del baño y los vidrios de la lámpara del comedor y el ventilador de mi cuarto ahora incrustado en el armario, hasta llegar al patio trasero. El limonero seguía allí, igual que los helechos y las azaleas.

El joven se quedó a almorzar y luego se marchó llevándose algunos de mis abrigos, que insistí en regalarle. Me quedé en la puerta esperando que desaparezca como los demás, pero en ningún momento perdió su tamaño. Cruzó la calle hasta la parada del colectivo y se subió al primero que pasó, y entendí a qué se refería cuando me dijo que ya le habían hecho esa pregunta.

Me quedé solo sentado en el escalón de mi puerta. Pensé en los destrozos dentro de mi casa y en el viento que amainaba.

Fsshhh… Fsshhh…

Pensé que estaba bien así. Que tenía muchas cosas para tirar de todos modos.

06/06/17

¿Quién vive allí? ¿Hay alguien tras esa persiana baja? Y esa puerta roída, atrapada entre paredes despintadas, ¿se abre alguna vez?

Cada vez que paso frente a aquella casa, regresando del mercado, me asalta la nostalgia. ¿Es eso, no? ¿Nostalgia? Recuerdo una clase donde me enseñaron que la palabra nostalgia, etimológicamente, proviene del griego nostos, regreso, y se construye con el sufijo -algia (algos), dolor. Los griegos de Pericles jamás la escucharon, recién se acuñó hace apenas unos siglos, cuando la edad de oro ya se encontraba muy lejos de Grecia. Pero creo que eso es lo que me asalta, y en ese orden, un deseo por regresar y un dolor por no poder lograrlo.

No es la casa de mi infancia. Es la casa de la infancia de alguien más. Y eso me perturba más que nada. La idea de que en algún momento, quizá ahora, alguien está encerrando su tiempo dentro de esas frágiles paredes, que más tarde se alzarán frente a él como un poderoso castillo medieval. Y me surgen unas ganas espantosas de arremeter contra toda la estructura, como Alfonso Quijano contra el molino, hasta que no quede ni un solo reloj de pie y funcionando. Me da la sensación de que caería todo en un instante. Pero la verdad es que terminaría con un par de huesos rotos e internado; en ese orden.

Una sola ventana, siempre con la persiana a medio cerrar, como un párpado vago, es el único pulmón de la casa. Pero por allí no entra ni la luz ni el oxígeno, no tiene conciencia de pulmón, la persiana simplemente está mal puesta y nadie se tomó el trabajo de acomodarla. A través de la rendija que queda, la mayoría de los días no veo otra cosa sino la oscuridad que caracteriza a todos los lugares de la infancia; otros días, si paso más tarde de lo acostumbrado, puedo ver la luz de un televisor encendido, pero jamás a la persona del otro lado del cuarto. ¿Quién vive allí? ¿Hay alguien tras esa persiana baja mirando la televisión?

Las paredes son amarillas y la mayor parte de su superficie está despintada, revelando una desnudez desvergonzada. Una puerta de madera gruesa, pintada de blanco y con miles de hendiduras, hace de ingreso, y cada vez que la veo me parece que está más lejos, como si se estuviese hundiendo en la perspectiva o comiéndose a sí misma. Un uróboros. Jamás se abre. Si se hubiese abierto, tan solo una vez, yo no estaría ahora aquí diciendo esto. Si sentí la necesidad de expresar mi preocupación, es porque tiene que existir una conexión entre lo que siento al pasar frente a la casa y la casa misma. ¿Se abre alguna vez?

Creo que si pudiese entrar, encontraría algo terriblemente familiar en sus pasillos, en los cuartos, en las personas que la habitan, en el televisor encendido cerca de la hora del crepúsculo, en las paredes maltratadas, en la persiana que nunca arreglé. Pero no puedo. Y eso tiene que ser la nostalgia.

05/06/17

Las aventuras de Mariano y Sebastián I

Hacía tres noches que Mariano no podía dormir. Se acostaba temprano, apenas terminaba de cenar, y lograba conciliar el sueño por unas pocas horas, hasta después de medianoche, por la madrugada, cuando lo despertaba la voz de su padre colándose por la ventana de vidrio esmerilado de su cuarto.

Cuando la voz hablaba, Mariano callaba. No por un acto voluntario, sino porque la voz despertaba en él algo perdido, como si estuviese recuperando una parte de su cuerpo que había olvidado en algún lugar, y por ese lapso de tiempo la parte perdida reemplazaba su lengua, privándole de su capacidad de habla. Entonces se resignaba a escuchar lo que la voz tenía para decir, y cuando esta terminaba, siempre con un “te quiero” final, Mariano volvía a dormirse, como si esas últimas palabras fuesen un hechizo.

Al principio era sólo un murmullo, alguien recitando un pasaje de la biblia por lo bajo. Pero a medida que fueron pasando las noches, la voz se tornó más y más clara. El día que Mariano comprendió que la voz pertenecía a su padre, lo primero que hizo fue buscar en su pequeña agenda de cuero el número de celular que figuraba debajo del nombre “Antonio”. Llamó mientras el miedo y el llanto le invadían, pero nadie le atendió del otro lado. Volvió a llamar al día siguiente durante toda la mañana, pero tampoco tuvo suerte. Lo segundo que hizo fue buscar la foto de Antonio, la única que conservaba, y decidió que sí, que era la voz de su padre, porque encajaba perfectamente en la geometría de su rostro.

En aquel entonces, Mariano vivía en un viejo edificio sobre la calle Montevideo, en el departamento “B” del octavo piso. Una tarde le preguntó a su vecino si había oído ruidos extraños por la noche. Extrañado, el hombre le contestó que sí, que a veces escuchaba un bullicio como de gente hablando filtrándose por la pared que separa ambos departamentos y que estaba convencido de que Mariano llevaba una vida nocturna muy activa. Entonces Mariano le pidió que en algún momento de la noche salga a su balcón, que estaba del mismo lado del edificio que la ventana del cuarto de Mariano, después de medianoche y que por favor no le reclame explicaciones. Esa noche la voz no se hizo presente y Mariano no pudo dormir, pero sí escuchó a su vecino abriendo la puerta del balcón en pleno invierno y puteando por lo bajo.

En ningún momento se le ocurrió a Mariano abrir la ventana de su cuarto mientras su padre hablaba. Un miedo terrible lo detenía. No a finalmente encontrarlo, a comprobar que efectivamente su padre era quien intentaba comunicarse con él flotando tras la ventana cerrada, sino a no encontrar nada, a abrir la ventana y descubrir una noche muy oscura recortada apenas por unos cuanto edificios altos y grises y que por ello la voz dejara de hablarle para siempre, como Eurídice volviéndose sombra ante el estúpido rostro de Orfeo.

Una noche su padre le comunicó a través de la ventana que pronto entraría en el departamento. Le dijo que necesitaba contarle algo muy importante y que quería hacerlo cara a cara. Cuando Mariano despertó, presa del miedo, intentó comunicarse con el número de Antonio, pero la contestadora seguía pidiéndole que dejara un mensaje. Incluso escribió una carta a mano, pero la tiró al darse cuenta de que no sabía qué diablos escribir en la parte del destinatario, y pensó que, aunque recibiese una respuesta, estaría escrita en papel, privada de cualquier voz. Pensó también en la posibilidad de dejar una nota en la ventana, del otro lado (“¿Papá?”), pero tampoco quiso arriesgarse a abrirla durante el día. Entonces decidió que era momento de visitar a Sebastián.

Sebastián escuchó atentamente la historia de Mariano, sin interrumpirlo ni una vez. Cuando Mariano hubo terminado, lo primero que preguntó Sebastián fue qué era exactamente lo que la voz le comunicaba a través de la ventana. Mariano le respondió que hablaba sobre cosas del pasado, de cuando la voz era niño, y de cuando le robaron la bicicleta y de su primera novia en la escuela. La persona que se ocultaba detrás de la ventana narraba su propia vida. Lo segundo que le preguntó fue quién era Antonio, la persona con la que intentaba comunicarse por teléfono, y por qué intentaba comuncarse con él. Mariano le respondió que creía que Antonio era su padre, pero que no tenía manera de comprobarlo, y que quería escuchar su voz —¿por primera vez—?

Después de pensarlo un tiempo, Sebastián le sugirió volver a llamar. Pero esta vez por la noche, apenas la voz lo despertara. Si la voz pertenecía a su padre, y Antonio era su padre, Mariano oiría el timbre del celular sonando por la ventana.