Bilis Negra I

Si no pienso en ellos, tal vez se irán. Así era la cadena de pensamientos que le invadía. Si no los veo, no los escucho y no les presto atención, tal vez se irán. Pero a pesar de intentarlo, ellos nunca se alejaban de él por mucho tiempo, permanecían allí sobre su cabeza, como un velo pesado o una prenda mojada. A veces también los veía reflejados en los espejos, como un cataplasma violáceo sobre su rostro.

El líquido negro y espeso se vertía desde las puertas abiertas de ambos departamentos, derramándose despacio y con dificultad sobre la alfombra roja del vestíbulo. El ascensor tardaba en llegar y Sergio se encontraba solo. Las luces no funcionaban; no esperaba que lo hiciesen, pero la luz de la tarde era demasiado débil y todo permanecía en penumbras, lo que hacía difícil distinguir las sombras agitándose dentro de los departamentos.

El tiempo transcurrió demasiado rápido, pero Sergio había logrado sanear los dos últimos departamentos en el piso, los cuales dejó abiertos al salir para que la bilis negra se derramase. La escalera de emergencia, ubicada a unos metros del ascensor, prometía abrirse paso tanto hacia abajo como hacia arriba, pero Sergio sabía que entre el piso tres y el piso cuatro se habían depositado demasiados escombros cuando se intentó demoler la estructura, y ahora los pedazos de material obstaculizaban el paso por ese tramo, como piedras en una arteria.

El ascensor era la única vía de salida y estaba controlado por los caprichos del edificio.

No había un alma humana en todo el edificio, salvo la de Sergio. Hacía años que nadie pisaba el complejo de apartamentos, ahora dormido en pleno centro de la ciudad, abandonado por el municipio y por los hombres; un leviatán de piedra gris y ventanas rotas, oscuras bocas que permanecen abiertas para siempre, como gritos silenciados en pleno acto. Sergio sabía que si el abandono y el olvido continuaban, la enfermedad empezaría a brotar no ya desde los pisos en su interior, sino también por las ventanas que dan al exterior y por el mismo ingreso de la vivienda. Y entonces sería demasiado tarde. Para evitarlo, la única solución era sanear el lugar desde dentro, dejar que la bilis negra se desparrame desde el interior de los departamentos, evitando así que alcance la altura de las ventanas o escape por las tuberías. Era un proceso peligroso: quién sabe qué formas podía adoptar el líquido dentro de cada habitación.

Durante su época como estudiante, Sergio había habitado uno de los departamentos del piso más alto. Había compartido el espacio con otros dos compañeros, con quienes ya no mantenía contacto. Dejaron de hablarse luego del incidente, en silencio y como acordado. Ahora todo aquello aparecía muy lejano en la memoria de Sergio, tan lejano que muchos de los detalles se habían extraviado. Las luces de esos recuerdos se habían apagado en algún momento, como bombillas reventando súbitamente por el uso excesivo y reiterado.

Pero Sergio volverá a poner pie en el piso más alto y en su antiguo departamento, y entonces todas las luces se encenderán por última vez, cuarto por cuarto, revelando todo lo perdido. Ahora no lo sabe. Ahora espera en un piso inferior mientras la bilis negra continúa manando de los departamentos enfermos, fluyendo lentamente hacia él.

Entonces apareció el ascensor. Su persiana de acero eran dientes oxidados y su interior estaba tapizado con el color de la sangre, o del fuego. Manchas oscuras salpicaban el piso de goma; eran de la misma sustancia que permitía el movimiento de la máquina, la misma que contaminaba todo el edificio y construía dentro de los departamentos las figuras de apariencia humana que ahora estaban giradas hacia Sergio.

El miedo le invadió de golpe. Llevaba allí dos años, pero no terminaba de acostumbrarse.

El valle inquietante.

Ya en la calle Sergio notó una emoción intensa que reptó desde su columna hasta su cabeza, adhiriéndose al hueso. El siguiente piso era el suyo.

Pero para entender hacia dónde se dirige, es mejor empezar por el comienzo.

 

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