15/06/17

Las aventuras de Mariano y Sebastián II

Mariano despertó después de medianoche, cuando volvió a oír la voz de su padre a través de la ventana cerrada de su cuarto. Escuchó en silencio lo que su padre decía:

Entonces, cuando cumplí los veintinueve años, me enteré de que tenía un hijo. Y huí. Corrí tan lejos como me fue posible. Primero al sur, luego al norte. Después ya no recuerdo, sólo sé que en algún momento ya me encontraba tan lejos que me era imposible ver hacia atrás; digo ver, porque cuando giraba para mirar a mis espaldas, no había más que sombra. Mi hijo también era una sombra. Poder seguir funcionando así me sorprendió. Quizá ese fue mi castigo por escapar, quedar encadenado al movimiento de la huida. Y entonces algo se rompió dentro de mí, algo indispensable, y quedé totalmente a oscuras. Ante tal situación, donde hasta la inercia de la huida se había extinguido, sólo me quedó la culpa, y mandé todo al carajo. Volví sobre mis pasos en la oscuridad y cada movimiento fue un infierno. Pude sentir, mientras retrocedía, cómo mi piel se volatilizaba lejos de mis huesos y mi sangre caía como por una canilla abierta y mis ojos se volvían líquido y mis huesos se astillaban. Así por mucho, mucho tiempo. Pero a cambio de mi cuerpo, fui recuperando mi memoria. Y es por eso que pude contarte sobre mí, sobre mi vida. Porque en algún momento, entre todo ese insoportable dolor, más allá de mis gritos, encontré algo usando el único sentido que todavía cabía en mí, el tacto. Y al tocar aquello, se hizo visible en mi cabeza, como si también fuese un recuerdo. Así encontré esta ventana. Y ahora sé quién habita detrás, alguien a quien debo decirle algo muy importante…

La voz calló sin un “te quiero” y Mariano salió del estado hipnótico al que estaba sometido. Ahora sostenía su teléfono celular e intentaba marcar el número de Antonio mientras sus manos temblaban, tal como le había sugerido Sebastián. Salió de su habitación sin perder de vista la ventana de vidrio esmerilado, no quería estar cerca si el celular de Antonio sonase detrás de ella. La imagen de una figura humana flotando a más de quince metros de altura no era algo atractivo de imaginar, era una escena que a Mariano le recordaba una películas de vampiros que había visto en su infancia.

Presionó el botón de llamada en la pantalla táctil.

Mariano se encontraba en medio del pasillo que conecta su habitación con la sala comedor, llave en mano, preparado para correr. Le resultó irónico pensar que esta vez podía ser él quien escapase sin mirar atrás.

Primer tono de línea.

Mariano activó el altavoz.

Segundo tono de línea.

Mariano retrocedió dos pasos más hacia la sala comedor. Era una posibilidad muy remota. Antonio podía no ser su padre, o haber cambiado su número de teléfono, o estar flotando ahora sin el aparato cerca. Se sintió un loco esperando que un fantasma o un vampiro atendiese un teléfono celular.

Tercer tono de línea.

Cuando Mariano todavía no había cumplido los diez años, su madre le contó que Antonio era aficionado a los Beatles. Para cuando entró en la adolescencia, Mariano ya conocía toda la discografía de la banda. Por eso no le pareció extraño cuando creyó escuchar Lucy in the sky with diamonds, primero demasiado bajo como para distinguir de dónde provenía la música, luego más fuerte, detrás, en la sala comedor. Tampoco esto último le pareció extraño, ¿acaso la voz no le había advertido?

Gracias por invitarme.

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