09/06/17

Un corazón. Quiero un corazón, decía el ladrón en sueños. La escena todavía lo asaltaba, la bestia cerrando su mandíbula sobre el hombro del anciano, el brazo escapándole del cuerpo como si fuese de paja, la niña con las piernas rotas, incapaz de levantarse, y la cajita de bronce derramando los pinceles. Luego el sueño mutó. Ahora estaba en una celda de la guardia en su ciudad, era joven otra vez y miraba a través de los barrotes de la única ventana que servía como respiradero. Era de noche y todo estaba muy oscuro, tan oscuro que podía oír los latidos de su corazón desacerlerando, más y más y más… hasta que se detuvieron por completo, pero él seguía de pie, dentro de la estrecha celda, todavía funcionando.

Cuando el ladrón despertó, estaba muy lejos de la ciénaga donde se erguía la tarántula de madera, la casa de las bestias. Yacía sobre un cómodo colchón de plumas y podía respirar un aire limpio que ingresaba a través de una puerta abierta al exterior. El clima era agradable. Entonces recordó y se incorporó asustado, sintió el corazón explotando dentro de su caja toráxica, como muchas veces antes, y se llevó ambas manos al pecho buscando algo por sobre su ropa, como si esperara tocar de repente los extraños mecanismos de un reloj averiado. Ambas manos. Y se tranquilizó. Las volvió a alzar hasta la altura de sus ojos mientras todo su cuerpo temblaba.

No puede caminar, dijo la cazadora. Le rompieron las piernas en mil pedazos. Y el ladrón movió rápidamente sus piernas y se puso de pie. No las tuyas, las de la niña.

Entonces el ladrón vio por primera vez a la cazadora. La niña colgaba dormida sobre su espalda, sostenida por tiras de cuero atadas en la cintura y pecho de la cazadora. Ella nos sacó de allí, dijo el anciano. Nos sacó con sus pinceles. La cazadora estudió un momento al hombre regordete, de estatura baja y cabello cano. Hay sopa en la cocina si desea comer, nosotros nos iremos a ver al sanador, dijo la mujer. Ella dibujó mi brazo, escupió el ladrón. Ella volvió a dibujar mi brazo derecho y nos sacó de allí y quiero ir con ustedes.

La cazadora no era la madre de la niña. La cazadora no conocía a la niña de los pinceles, pero había escuchado hablar de ella. Cuando la vio aparecer junto al anciano, manifestándose en el aire y de la nada, a orillas del río, junto a la caja de bronce, entendió de inmediato de quién se trataba. Entonces los cargó hasta su pequeña cabaña, donde llevaba una vida de eremita. Como el ladrón, la cazadora también quería que la niña dibujase algo para ella. Pero esto lo expresaría mucho más tarde.

Los tres desconocidos; la niña de los pinceles, el viejo ladrón y la cazadora eremita, descansaron en la cabaña por dos días y dos noches. Luego emprendieron viaje a la ciudad, donde buscarían al sanador para que repare los huesos rotos de la niña, la niña de los pinceles, quien estaba condenada a pintar sobre el lienzo sólo el deseo de los demás.

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