06/06/17

¿Quién vive allí? ¿Hay alguien tras esa persiana baja? Y esa puerta roída, atrapada entre paredes despintadas, ¿se abre alguna vez?

Cada vez que paso frente a aquella casa, regresando del mercado, me asalta la nostalgia. ¿Es eso, no? ¿Nostalgia? Recuerdo una clase donde me enseñaron que la palabra nostalgia, etimológicamente, proviene del griego nostos, regreso, y se construye con el sufijo -algia (algos), dolor. Los griegos de Pericles jamás la escucharon, recién se acuñó hace apenas unos siglos, cuando la edad de oro ya se encontraba muy lejos de Grecia. Pero creo que eso es lo que me asalta, y en ese orden, un deseo por regresar y un dolor por no poder lograrlo.

No es la casa de mi infancia. Es la casa de la infancia de alguien más. Y eso me perturba más que nada. La idea de que en algún momento, quizá ahora, alguien está encerrando su tiempo dentro de esas frágiles paredes, que más tarde se alzarán frente a él como un poderoso castillo medieval. Y me surgen unas ganas espantosas de arremeter contra toda la estructura, como Alfonso Quijano contra el molino, hasta que no quede ni un solo reloj de pie y funcionando. Me da la sensación de que caería todo en un instante. Pero la verdad es que terminaría con un par de huesos rotos e internado; en ese orden.

Una sola ventana, siempre con la persiana a medio cerrar, como un párpado vago, es el único pulmón de la casa. Pero por allí no entra ni la luz ni el oxígeno, no tiene conciencia de pulmón, la persiana simplemente está mal puesta y nadie se tomó el trabajo de acomodarla. A través de la rendija que queda, la mayoría de los días no veo otra cosa sino la oscuridad que caracteriza a todos los lugares de la infancia; otros días, si paso más tarde de lo acostumbrado, puedo ver la luz de un televisor encendido, pero jamás a la persona del otro lado del cuarto. ¿Quién vive allí? ¿Hay alguien tras esa persiana baja mirando la televisión?

Las paredes son amarillas y la mayor parte de su superficie está despintada, revelando una desnudez desvergonzada. Una puerta de madera gruesa, pintada de blanco y con miles de hendiduras, hace de ingreso, y cada vez que la veo me parece que está más lejos, como si se estuviese hundiendo en la perspectiva o comiéndose a sí misma. Un uróboros. Jamás se abre. Si se hubiese abierto, tan solo una vez, yo no estaría ahora aquí diciendo esto. Si sentí la necesidad de expresar mi preocupación, es porque tiene que existir una conexión entre lo que siento al pasar frente a la casa y la casa misma. ¿Se abre alguna vez?

Creo que si pudiese entrar, encontraría algo terriblemente familiar en sus pasillos, en los cuartos, en las personas que la habitan, en el televisor encendido cerca de la hora del crepúsculo, en las paredes maltratadas, en la persiana que nunca arreglé. Pero no puedo. Y eso tiene que ser la nostalgia.

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