05/06/17

Las aventuras de Mariano y Sebastián I

Hacía tres noches que Mariano no podía dormir. Se acostaba temprano, apenas terminaba de cenar, y lograba conciliar el sueño por unas pocas horas, hasta después de medianoche, por la madrugada, cuando lo despertaba la voz de su padre colándose por la ventana de vidrio esmerilado de su cuarto.

Cuando la voz hablaba, Mariano callaba. No por un acto voluntario, sino porque la voz despertaba en él algo perdido, como si estuviese recuperando una parte de su cuerpo que había olvidado en algún lugar, y por ese lapso de tiempo la parte perdida reemplazaba su lengua, privándole de su capacidad de habla. Entonces se resignaba a escuchar lo que la voz tenía para decir, y cuando esta terminaba, siempre con un “te quiero” final, Mariano volvía a dormirse, como si esas últimas palabras fuesen un hechizo.

Al principio era sólo un murmullo, alguien recitando un pasaje de la biblia por lo bajo. Pero a medida que fueron pasando las noches, la voz se tornó más y más clara. El día que Mariano comprendió que la voz pertenecía a su padre, lo primero que hizo fue buscar en su pequeña agenda de cuero el número de celular que figuraba debajo del nombre “Antonio”. Llamó mientras el miedo y el llanto le invadían, pero nadie le atendió del otro lado. Volvió a llamar al día siguiente durante toda la mañana, pero tampoco tuvo suerte. Lo segundo que hizo fue buscar la foto de Antonio, la única que conservaba, y decidió que sí, que era la voz de su padre, porque encajaba perfectamente en la geometría de su rostro.

En aquel entonces, Mariano vivía en un viejo edificio sobre la calle Montevideo, en el departamento “B” del octavo piso. Una tarde le preguntó a su vecino si había oído ruidos extraños por la noche. Extrañado, el hombre le contestó que sí, que a veces escuchaba un bullicio como de gente hablando filtrándose por la pared que separa ambos departamentos y que estaba convencido de que Mariano llevaba una vida nocturna muy activa. Entonces Mariano le pidió que en algún momento de la noche salga a su balcón, que estaba del mismo lado del edificio que la ventana del cuarto de Mariano, después de medianoche y que por favor no le reclame explicaciones. Esa noche la voz no se hizo presente y Mariano no pudo dormir, pero sí escuchó a su vecino abriendo la puerta del balcón en pleno invierno y puteando por lo bajo.

En ningún momento se le ocurrió a Mariano abrir la ventana de su cuarto mientras su padre hablaba. Un miedo terrible lo detenía. No a finalmente encontrarlo, a comprobar que efectivamente su padre era quien intentaba comunicarse con él flotando tras la ventana cerrada, sino a no encontrar nada, a abrir la ventana y descubrir una noche muy oscura recortada apenas por unos cuanto edificios altos y grises y que por ello la voz dejara de hablarle para siempre, como Eurídice volviéndose sombra ante el estúpido rostro de Orfeo.

Una noche su padre le comunicó a través de la ventana que pronto entraría en el departamento. Le dijo que necesitaba contarle algo muy importante y que quería hacerlo cara a cara. Cuando Mariano despertó, presa del miedo, intentó comunicarse con el número de Antonio, pero la contestadora seguía pidiéndole que dejara un mensaje. Incluso escribió una carta a mano, pero la tiró al darse cuenta de que no sabía qué diablos escribir en la parte del destinatario, y pensó que, aunque recibiese una respuesta, estaría escrita en papel, privada de cualquier voz. Pensó también en la posibilidad de dejar una nota en la ventana, del otro lado (“¿Papá?”), pero tampoco quiso arriesgarse a abrirla durante el día. Entonces decidió que era momento de visitar a Sebastián.

Sebastián escuchó atentamente la historia de Mariano, sin interrumpirlo ni una vez. Cuando Mariano hubo terminado, lo primero que preguntó Sebastián fue qué era exactamente lo que la voz le comunicaba a través de la ventana. Mariano le respondió que hablaba sobre cosas del pasado, de cuando la voz era niño, y de cuando le robaron la bicicleta y de su primera novia en la escuela. La persona que se ocultaba detrás de la ventana narraba su propia vida. Lo segundo que le preguntó fue quién era Antonio, la persona con la que intentaba comunicarse por teléfono, y por qué intentaba comuncarse con él. Mariano le respondió que creía que Antonio era su padre, pero que no tenía manera de comprobarlo, y que quería escuchar su voz —¿por primera vez—?

Después de pensarlo un tiempo, Sebastián le sugirió volver a llamar. Pero esta vez por la noche, apenas la voz lo despertara. Si la voz pertenecía a su padre, y Antonio era su padre, Mariano oiría el timbre del celular sonando por la ventana.

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