19/05/17

Cuando era chico, mi abuela me enseñó que podía pescar mojarritas con una botella vacía y algunas migas de pan viejo. Se desesperan por el pan, no pueden evitarlo. Durante las vacaciones de verano, bajo la sombra de los sauces que crecían a ambos lados del río, yo pescaba mojarritas usando una botella. La sumergía donde encontraba los bancos —generalmente en hoyas poco profundas y ocultas bajo la sombra de algún árbol— y esperaba a que los peces oscuros entrasen por el pico, entonces sacaba la botella llena de agua de río y mojarritas, que no paraban nunca de succionar el pan, ni siquiera cuando ya me había alejado del río y volvía en dirección al camping. Luego me sentaba a observarlas, y cuando me cansaba de la misma danza circular, volvía al río y vaciaba la botella, devolviendo el agua y los peces. Durante la noche, encendía una linterna dentro de la carpa que mis abuelos habían armado para mí y recorría las páginas de una enciclopedia sobre dinosaurios, descubriendo las formas que caminaban por el mundo hace millones de años. Me pasaba el verano así, recorriendo el río con una botella llena de pan viejo durante la tarde y leyendo sobre reptiles extintos por la noche.

En esa época los turistas se componían más que nada de personas de la tercera edad que buscaban refugio del trajín de la ciudad. En la zona no había lugar para los jóvenes, cuando bajaba la noche no quedaba un alma fuera de las carpas y uno sólo escuchaba la dulce corriente del río y las alimañas nocturnas moviéndose por sobre las ramas de los árboles. Durante la tarde, los abuelos tomaban sol en sus reposeras y los nietos jugaban a la pelota o chapuceaban en el río. Yo exploraba las aguas doradas con mi botella.

Recuerdo una tarde que marcó mi infancia. Me había alejado mucho del camping por el río, tanto que ya no veía a mis abuelos, ni a los vecinos que se habían asentado cerca de nuestra carpa. Pero no estaba preocupado, sólo tenía que seguir el río de regreso y me toparía con alguna referencia que me permitiese encontrar el camping donde vacacionábamos. Recuerdo que mientras más avanzaba por el río, menos turistas ocupaban sus aguas. En algún punto me encontré solo. A ambos lados del río la vegetación era mucho más frondosa y salvaje que la que crecía en el predio del camping y el sol de la tarde amenazaba con hundirse bajo el horizonte. Mis ojos estaban vueltos hacia abajo, buscando sombras que delatasen la vida de los peces. Entonces escuché una voz quebrada. Era la voz de un hombre mayor discutiendo con alguien más. Desde donde estaba, en medio del río, no podía verlo, así que me acerqué a la orilla.

—Me quiero morir, vieja. Ya estoy cansado. —Dijo entonces la misma voz.

Pude ver, detrás de los helechos, a una pareja muy entrada en años. Él se ayudaba con un bastón al caminar, y ella hacía lo mismo pasando su brazo por debajo del brazo libre del anciano. Venían caminando en dirección al río. La señora no respondió. Luego, cuando llegaron a la orilla, ambos me dedicaron una sonrisa antes de entrar al agua. Me preguntaron si estaba perdido y les dije que no, que mi camping se llamaba así y que estaba doblando aquel codo.

Lo único que sabía de la muerte era que había venido detrás de un asteroide hace más de sesenta millones de años y que había acabado con los dinosaurios. Pero estaba seguro de que ninguno de ellos la había invocado. No tenía idea de que alguien pudiera reclamarla, o que era posible desearla. Pero allí estaba yo, clavado en la arena, mi botella vacía, junto a un anciano que se bronceaba bajo el sol después de haber decidido irse para siempre.

¿Fue acaso sólo una ligera sombra, como cuando se pasa por un pequeño túnel en la ruta?

Esas palabras marcaron mi infancia, porque aprendí de golpe sobre la voluntad del hombre. Que la vida se completa, se llena, como mi botella cuando la sumergía en el río, y que después hay que vaciarla. Ahora, muchos años después, todavía pienso en el anciano en la orilla del río bajo un sauce llorón, su mirada perdida en algún lugar entre sus ojotas hundidas en las aguas, y en la anciana que todavía entrelazaba su brazo con el de él aunque ya estuvieran ambos sentado sobre la arena.

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