17/05/17

—Dejame acá. —Dijo Adrián.

El taxista lo miró por el espejo retrovisor mientras estacionaba detrás de una camioneta Ford roja. Adrián le devolvió la mirada, haciéndole saber que estaba seguro del lugar en el que se encontraba. El taxista espero en silencio una explicación, y cuando se dio cuenta de que no iba a recibirla, le dijo que eran ochenta y un pesos, que estaba bien con ochenta. Adrián pagó y se bajó del taxi mientras se enderezaba la campera.

La mañana estaba muy fría y una ligera niebla se había asentado a un par de centímetros del suelo. Adrián caminó a lo largo de la única estructura que ocupaba la cuadra. Todo ladrillo visto. Dos pisos de una mole roja con solo dos ojos, ambos defendidos por barrotes de hierro. La puerta de ingreso era de madera y debía de pesar cincuenta kilos, alguien había escrito con aerosol sobre la madera: “asesinos”. Adrián suspiró y tocó la puerta dos veces. Dentro resonó un eco muy grave, como el desperezar de una bestia. Después se escuchó el sonido de unos pasos pesados que se acercaban con parsimonia, como si la persona estuviese haciendo un esfuerzo increíble al caminar. Adrián pensó en un planeta donde la gravedad era varias veces mayor a la de la Tierra, se imaginó a un hombre cubierto por un traje gris levantando primero una pierna con esfuerzo y luego dejándola caer pesada sobre una superficie roja, luego la otra, revolviendo con cada paso un polvo alienígena del color de la sangre.

La puerta se entreabrió con un crujido y de la oscuridad emergió un rostro blanco con unos ojos muy pequeños y hundidos bajo una frente pronunciada.

—¿Es un periodista? —Preguntó el anciano.

—No. —Respondió Adrián. —Lejos de serlo.

De pronto, los ojos hundidos del viejo cobraron vida, o al menos así lo pareció, porque una luz tenue empezó a brillar bien lejos dentro de sus pupilas.

—Es usted… —Dijo mientras se esforzaba en abrir la puerta del todo. —Pase, por favor, le esperan.

Adrián entró mientras se volvía a enderezar la campera.

El anciano lo condujo por un largo pasillo hasta una sala de estar gigantesca. El techo estaba muy alto sobre la habitación y las paredes permanecían ocultas tras una gran biblioteca llena de ediciones viejas y roídas. Adrián pudo identificar desde libros de medicina de hace treinta años hasta novelas francesas del siglo diecinueve. El piso también estaba cubierto, pero por una alfombra deshilachada del color de la tierra. En el centro, como dos monolitos defendiendo un altar, descansaban unos sillones reclinables a ambos lados de un pequeño escritorio repleto de lápices y cuadernos. Adrián pensó en la posibilidad de que el pasillo de ingreso sea en realidad una máquina del tiempo y que todo lo que sucediese allí quedaría anclado en el pasado una vez volviera a cruzarlo.

—El señor se está terminando de vestir, por favor aguarde aquí. Puede sentarse en uno de los sillones si lo desea. —Dijo el viejo antes de desaparecer por una puerta que Adrián no había advertido. Luego todo quedó en silencio, desde allí no se podía escuchar ni el ruido de la calle. Entonces Adrián se sentó en uno de los sillones.

Pasaron unos minutos y un chico muy joven y apuesto entró por la misma puerta que el anciano había usado antes para salir de la sala. Vestía muy formal, como si se hubiese preparado para recibir visitas muy importantes. Adrián se levantó y estrechó la mano del joven.

—Es como volver veinte años atrás, ¿no, Adrián? —Dijo el chico sosteniendo una sonrisa que parecía de plástico. —Soy Ernesto, usted habló conmigo por teléfono.

Entonces Adrián deslizó su mano derecha en el bolsillo interno de la campera y sintió el frío y el peso del revolver.

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