14/05/17

Dijo que la oscuridad allí era muy azul. O algo así. Y yo me imaginaba entonces que debía de ser como caer despacio al fondo de esa pintura de Van Gogh, la de las estrellas en la noche, pero en mi cabeza todo sucedía bajo el mar. Eso me imaginaba, mi cuerpo flotando en algún punto del océano pacífico, que es más azul que el atlántico, rodeado de espirales todavía más azules, lejos de cualquier vestigio de vida, terriblemente abrumado por todo ese silencio debajo de mí y después cayendo. Eso pensaba cuando me decía que había visto una oscuridad muy azul entre nosotros, y que tenía miedo de perderse en ella. Yo sabía que tenía razón, que si podía sentir algo así era porque la distancia que nos separaba se parecía al océano pacífico dibujado sobre un mapa. Un espacio vacío lleno de latitudes y longitudes que no señalan ninguna parte.

Pasó mucho tiempo hasta que me di cuenta de que no había tal cosa. No había un cuerpo extranjero que nos separase. Esa distancia era yo. Todo el océano pacífico, todo ese vientre azul era mi propio cuerpo invadiendo el mundo. Y ahora sé que puedo flotar y dejarme caer, trópico a elección, mecido por las frías aguas hasta el fondo del mar. También sé que el suelo submarino, lejos de ser uniforme, contiene traducidas en su relieve todas las emociones evocadas durante cada uno de mis descensos, de suerte que la topografía se va configurando por la persistencia de mis sueños y la violencia de mis ideas.

Entonces, permanecer junto a mí se asemejaba a meterse en el mar helado que lame la costa chilena y empezar a nadar contra la corriente de Humbolt. El frío invadiéndolo todo, el corazón intentando sostener la vida por medio de espasmos frenéticos y la respiración siguiendo el ritmo de la sangre, cada vez más acelerada. Hasta el inevitable shock y la asimilación de mi cuerpo. Y la oscuridad muy azul congelando el último respiro para siempre, adueñándose de la vida a pesar de su resistencia.

Mis dedos todavía siguen extendiéndose, como olas, por la superficie del planeta; intrusos buscando topografías submarinas más profundas, más lejanas, donde sondear el relieve de los cuerpos conquistados.

Pero atesoraré más a ella que al resto, porque yace sobre mí sin permiso y ejerce una voluntad inteligente que todavía no logro descifrar. La siento entre los ojos y en el tórax. No puedo determinar su forma y hay días en los que pienso que a través de ella es mi tacto, y toco con sus manos azules la arcilla de la tierra y veo por momentos su lengua dibujada en la piedra, una y otra vez. Esos días tengo la ligera sospecha de que, a pesar de haber dicho que la oscuridad allí era muy azul, ella tomó la decisión de desnudarse y entrar en mi cuerpo. La veo combatiendo las olas brazada tras brazada tras brazada, alcanzando el mar calmo, el calor de su cuerpo huyendo como circulitos rojos en todas direcciones. La veo tragando mi cuerpo salado y perdiendo la conciencia. La veo cayendo hasta el fin del mar con los ojos muy abiertos y luego emergiendo hecha tierra, dulcemente, sin violencia, partiendo mi feudo en dos y convirtiéndose en el único continente que me habita.

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