09/05/17

Según el mapa, dibujado sobre un papel ya amarillo y estropeado, aquella era la comunidad de los hombres-bestia. Cuatro estructuras de madera se elevaban hacia el cielo, eran pequeñas chozas que se sostenían en el aire gracias a gruesos troncos de madera insertados en la tierra. Vistas desde el bosque, donde el ladrón ahora se encontraba, parecían integrar las partes de una araña de madera alzada en sus ocho largas patas. Una escalera, también de madera, unía las cuatro casuchas. Si uno quería llegar hasta la última, la más alta, debía primero pasar por las otras tres. El ladrón volvió a ver el mapa con la esperanza de haberse equivocado, pero aquel era el lugar marcado. Allí estaba la niña de los pinceles. Los hombres-bestia la tenían prisionera.

El aire se tornó espeso cuando el ladrón salió de la lindera del bosque, y un olor nauseabundo y penetrante invadió sus fosas nasales. El lugar parecía deshabitado, las casas estaban descuidadas y la madera podrida, era un milagro que siguieran en pie. La lluvia caía ligera y en vertical desde hacía horas, tan fría que las gotas al tocar la piel del ladrón parecían pequeños alfileres cayendo de punta. Pero el agua era una buena noticia, haría que el trabajo sea más fácil, los hombres-bestia tendrían problemas al tratar de localizarlo bajo la lluvia. Una vez escapara con la niña de los pinceles, el ladrón los dejaría atrás sin problema. Pero hasta entonces debía apurarse. Ellos no estaban allí, no cuando el sol permanecía alto en el cielo. Estaban fuera, cazando.

Los escalones de madera crujían a cada paso. El ladrón tenía la sensación de que todo el bosque podía oírlo por sobre el sonido de la lluvia. Nunca había sufrido vértigo, pero no podía evitar un ligero mareo, mezcla de los nervios y el olor nauseabundo de la sangre y la putrefacción que se iba haciendo presente a medida que ascendía.

La primera choza estaba vacía, solo había una sencilla litera colocada en medio de la habitación. El agua entraba de a montones por la ventana abierta y armaba charcos por aquí y por allá. Las paredes de madera estaban cubiertas de hendiduras, como si alguien hubiese cortado la madera con un objeto filoso. Eran marcas hechas con inteligencia, formaban dibujos bien definidos: la mayoría representaba partes de la anatomía humana. El ladrón supuso que los hombres-bestia habrían intentado comunicarse con la niña de esa forma y un escalofrío recorrió su espalda.

Las piernas del ladrón empezaron a fallarle durante el ascenso hacia la segunda choza. Ya estaba muy viejo, su cuerpo ya no respondía como lo había hecho durante su juventud. Ahora pasaba la mayor parte de sus días soportando un cansancio que le parecía ajeno, como si alguien se lo hubiese puesto a cuestas de repente y sin aviso. Se detuvo a mitad de camino. La lluvia empezó a caer con mayor intensidad. El chaleco empapado le pesaba y la fuerza del agua al golpear su rostro le impedía respirar con facilidad. Tomó un descanso y contó hasta diez. Cuando recuperó sus fuerzas saltó los escalones que le quedaban de par en par hasta la segunda estructura, ya a unos diez metros del suelo.

Las ramas de los árboles cercanos se colaban por las ventanas abiertas de la choza y se movían violentamente a merced del viento, produciendo sombras animadas que reptaban por toda la habitación. La niña estaba sentada sobre un taburete en medio de la sala. Su rostro no tenía expresión alguna. Frente a ella había un lienzo blanco adherido a una piel de animal seca que colgaba de una especie de cuerda roja atada a una viga de madera —no, no era una cuerda—. Los pinceles yacían a su lado, todavía ordenados dentro de una pequeña caja de bronce. No hay nada que dibujar, le dijo al ladrón cuando este se acercó a ella. Los pinceles no funcionan. El ladrón no dijo nada, miró las piernas de la niña que parecían rotas, estaban llenas de cardenales de un color entre el negro y el morado. El ladrón se percató de que en el umbral de la puerta se recortaba un cuerpo gigantesco, de poco más de dos metros. Respiraba trabajosamente. Su pecho, cubierto de transpiración y abundante pelo, subía y bajaba con violencia. Sí, sí lo hay, le dijo el ladrón a la niña y se sentó con dificultad a su lado. Tomó la caja de bronce y la colocó sobre el regazo de la pequeña. Mira cómo llueve afuera, niña, escucha el viento cómo intenta arrancar los árboles de raíz, presta atención, vienen a buscarnos. La sombra de la bestia dio un paso hacia adelante para ingresar en la choza. El ladrón intentaba no mirarla, pero podía escuchar el jadeo de la bestia a medida que se acercaba y la saliva revolviéndose en sus fauces. ¿No te gustaría irte de aquí? La bestia soltó lo que hasta entonces apresaba con sus garras y que el ladrón no había visto. Lo que sea que fuera, o que haya sido, cayó con un ruido húmedo sobre la madera de la choza y el agua a su alrededor se tornó roja. Entonces la bestia emitió el aullido más espeluznante que el ladrón había oído. El viento amainaba, pero el bosque seguía moviéndose. Dibuja una salida, niña. Dibuja una salida para los dos, dijo el ladrón justo antes de sentir una presión sobre su hombro y un dolor eléctrico extendiéndose hasta la punta de sus dedos. Notó la sangre fluir por debajo de su ropa y gotear sobre la madera. Entonces la niña tomó uno de sus pinceles y lo tiñó de rojo antes de posarlo sobre el lienzo blanco.

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