07/05/17

La primera vez que vi pasar el tren, yo tenía diez años. En aquella época disfrutaba pasar el tiempo cerca de la casa abandonada del ferrocarril, donde había un predio muy grande destinado a las locomotoras y los vagones que no estaban en uso. Jugaba a atrapar insectos raros y a clasificarlos como si fuese un biólogo realizando un trabajo de campo. Luego los llevaba a casa, los encerraba en un frasco de mermelada vacío y los olvidaba. El predio, abandonado y descuidado, ocultaba los rieles bajo una vegetación frondosa y desordenada. Durante el invierno, los enjambres de mosquitos parecían pequeñas nubes que se arremolinaban cerca de los charquitos de agua dejados por la lluvia, y por las noches los grillos y cigarras no paraban nunca de cantar. La humedad y el frío atraían una cantidad innumerable de bichos raros que pululaban en el campo abierto, lejos del trajín humano. Dentro del predio solo quedaban algunos vagones abandonados y el terreno estaba separado de la calle por dos muros de ladrillo visto. La única forma de entrar y de salir era siguiendo las vías del tren, donde las paredes se abrían para que la locomotora y los vagones pudiesen salir. La casa abandonada del ferrocarril se alzaba muy pequeña en la distancia, tragándose el último recorrido de los rieles. En aquel entonces no dejaban que me acerque mucho a la estructura ya roída por el tiempo, mamá decía que estaba en una parte peligrosa del barrio.

En ese espacio de juego, las vías del tren significaban para mí la referencia más importante que tenía para encontrar el camino de regreso. Desde mi casa, las vías del tren cruzaban dos calles poco transitadas y una avenida importante. Para volver debía cruzar la avenida y luego girar a la izquierda hasta topar con la panadería donde me hacían buscar los bizcochitos por la mañana. Desde allí ya era fácil ubicarme, mi casa estaba sobre esa misma cuadra, solo que en la otra punta. Entonces, mientras jugaba, procuraba no distanciarme mucho de los rieles, tenerlos siempre a la vista, así podía hacer mis investigaciones con la tranquilidad de saber que no me perdería. Luego, antes del anochecer, regresaba saltando las vías de un lado a otro, jugando a que no debía tocarlas con los pies. Si tenía éxito, mi mamá me estaría esperando con milanesas y pure de papas. Si no lo lograba y terminaba tocando los rieles, habría sopa de hongos.

Los vagones abandonados eran para mí una parte indisoluble del paisaje en el baldío. Jamás se moverían, y no estaba seguro de si alguna vez lo hubieran hecho. No eran más que tres monolitos de otro tiempo. Tenían dos bocas enormes que, incluso a plena luz del día, revelaban una oscuridad impenetrable. Algunos días, mientras jugaba, veía personas emerger de esa oscuridad para salir del baldío, siempre con ropa de trabajo. Nunca me miraban, parecían provenir de un mundo ajeno al mío, algo que mucho más tarde, ya de adulto, comprobaría como cierto. Me preguntaba si habían pasado allí la noche y si existían más vagones abandonados desparramados por el mundo, llenos de escombros y personas sin hogar. Tenía la sensación de que sólo podía ver a esas personas mientras permaneciera dentro del terreno abandonado, de que si hubiese estado parado sobre la vereda, del otro lado, fuera del baldío, no hubiese visto más que los vagones con sus bocas abiertas.

El tren pasó una tarde de invierno. Por la mañana había hecho mucho frío y yo estaba abrigado con una campera polar que apenas me dejaba mover los brazos. Parecía el muñeco Michellín. Me costaba muchísimo trabajo agacharme y me había empecinado en atrapar lombrices. Sentado sobre la hierba, metía las manos bien profundo en la tierra húmeda, guantes y todo, y removía con fuerza hasta que el barro se empezaba a colar por las mangas de mi campera. Recuerdo que las vías del tren estaban solo a unos metros y que de un momento a otro habían empezado a temblar. Entonces vi la locomotora a lo lejos. Un gusano gigante entrando lentamente en mi parque. De los vagones abandonados habían salido varias personas, no recuerdo cuántas, quizá ocho o nueve. Permanecieron del otro lado de las vías, al igual que los vagones. Todos estaban sucios y desabrigados, y temblaban de frío. Justo antes de que la locomotora pasara frente a mí, pude verlos apiñándose. Empezaron a acercarse unos a los otros sin decir una palabra, hasta quedar muy juntos. Mujeres y hombres. Entonces pasó el tren. Recuerdo que quedé impresionado por la cantidad de vagones. No llegué a ver el último.

Cuando la locomotora ya estaba muy lejos, el tren emitió un chirrido muy agudo, más agudo que el de las cigarras al anochecer, y se detuvo de golpe. La máquina ya cruzaba el baldío de lado a lado. Las personas de los vagones abandonados y yo quedamos separados por el monstruo de metal. Era tarde y tuve miedo de quedar encerrado allí, que la noche llegase y yo no pudiese regresar. Recuerdo el cielo plomizo muy arriba y la luna creciente recortada sobre él. Mis guantes estaban empapados y tenía mucho frío. Las personas de los vagones abandonados seguían muy juntas, ahora con sus ojos vueltos hacia mí. Podía verlas entre los resquicios del tren. Parecían una sola cosa. ¿Era también la primera vez que veían el tren pasar?

Pasó mucho tiempo hasta que el tren empezara a moverse de nuevo; cuando lo hizo, se movió hacia atrás, en reversa, y desapareció por donde había venido. Las personas ya no estaban allí, solo los tres vagones bañados por la penumbra del anochecer. Entonces, como muchas veces antes, seguí las vías hasta casa. Esa vuelta permanecí todo el recorrido de un solo lado, sin atreverme a saltar hacia el otro. Cuando llegué a casa ya había oscurecido. Más tarde me enteraría de que aquella había sido la noche más fría del año.

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