22/06/17 -Día del padre-

—Despierta, tu padre viene a buscarte. —Dijo mamá, y se me encogió el corazón.

Me acerqué a la ventana de mi cuarto y vi cómo el dulce mar, el mismo mar que antes apenas lamía la costa de nuestro Pueblo, empezaba a agitarse. También vi la caravana de vehículos escapando por la calle principal rumbo a las montañas. Hacía varias semanas que ya esperaba su llegada, pero no importa cuánto tiempo espero, nunca me siento preparado, y ver cómo el pueblo se va deshabitando siempre me entristece.

Me quedé un tiempo mirando la corriente, dedos de mar ingresando al Pueblo por sus calles vacías, antes de empezar a hacer mis valijas. Escuchaba a mi madre y a mi hermana ir y venir dentro de la casa. Buscaban cualquier cosa que podría arruinarse por el agua y la metían dentro del auto. Yo no tenía nada así. Me quedé junto a la ventana mientras el mar le fue ganando terreno a la playa hasta vencerla. Los botes pesqueros se mecían y bailaban entre las aguas turbulentas, amarrados a un muelle que ya había desaparecido.

Era muy temprano por la mañana y mi padre no llegaría hasta la tarde.

Vi a Ernesto, mi vecino, abandonar su casa cargado de libros y salí a saludarlo. Siempre era uno de los últimos en dejar el Pueblo. El agua ya le llegaba hasta las rodillas y sostenía una pila de cinco libros sobre su cabeza.

—¡Solaris! —Me gritó desde el otro lado de la calle mientras intentaba abrir la puerta de su camioneta. —Es un planeta como un mar. Si uno se acerca lo suficiente, el océano se mueve y dibuja en el espacio lo que uno tiene en la cabeza, como un espejo.

Siempre está hablando de libros.

Cuando finalmente pudo guardar sus libros, cerró la puerta de su camioneta y cruzó la calle en mi dirección, calculando sus pasos para no tropezar con los hoyos en el pavimento ahora escondidos bajo las aguas frías y oscuras.

—Creo que ya tienes edad suficiente para entenderlo. —Me dijo sosteniendo un libro a la altura de mi nariz. “Lem” leí en su cubierta. No me gusta leer, pero algún día quiero ser como Ernesto. Es el único que se acerca cuando las aguas empiezan a invadir el pueblo y siempre anda prestándome libros que nunca leo, pero hay algo en su forma de caminar y de moverse que me transmite tranquilidad, como si no le importase que todos los veranos el Pueblo quede sumergido bajo el mar y él se vea obligado a huir con sus libros a cuestas.

—Nos vemos a la vuelta. Creo que descubrí cómo sacar esas algas rojas y problemáticas con facilidad, y voy a necesitar de tu ayuda. —Sonrió y se alejó en su camioneta partiendo el mar en dos.

Cerca del mediodía mi madre nos juntó a los dos, a mi hermana y a mí, y nos llenó de besos con sus labios húmedos de lágrimas. Portarretratos vacíos flotaban entre nosotros. Me dijo que cuide de Guillermina y que llame seguido. Entonces también tomó su auto y manejó hacia las montañas.

Nos quedamos solos en el Pueblo. Ya no se veía la caravana, sólo a mi madre que se había bajado del auto al pie de la montaña y agitaba sus brazos. El agua salada ya nos cubría hasta la cintura. Papá estaba cerca. En silencio usamos las bombas mecánicas para inflar los pequeños botes donde colocamos nuestras maletas, y luego, cuando el mar ya entraba como una cascada por las ventanas de la casa, inflamos también los chalecos salvavidas.

Cuando la silueta de nuestro padre se dibujó sobre el horizonte, lejos en el mar, ya apenas se veían los techos de las casas y los postes de luz, y mi hermana y yo permanecíamos asidos a los botes inflables, que se movían violentamente a merced de las olas.

No importa cuánto tiempo haya estado esperando por él, nunca estoy preparado, y mi corazón da un vuelco cada vez que papá aparece junto al océano oscuro, y me amedrenta cuando avanza sin tocar el agua con sus pies, a varios metros por sobre las olas, viniendo por nosotros.

15/06/17

Las aventuras de Mariano y Sebastián II

Mariano despertó después de medianoche, cuando volvió a oír la voz de su padre a través de la ventana cerrada de su cuarto. Escuchó en silencio lo que su padre decía:

Entonces, cuando cumplí los veintinueve años, me enteré de que tenía un hijo. Y huí. Corrí tan lejos como me fue posible. Primero al sur, luego al norte. Después ya no recuerdo, sólo sé que en algún momento ya me encontraba tan lejos que me era imposible ver hacia atrás; digo ver, porque cuando giraba para mirar a mis espaldas, no había más que sombra. Mi hijo también era una sombra. Poder seguir funcionando así me sorprendió. Quizá ese fue mi castigo por escapar, quedar encadenado al movimiento de la huida. Y entonces algo se rompió dentro de mí, algo indispensable, y quedé totalmente a oscuras. Ante tal situación, donde hasta la inercia de la huida se había extinguido, sólo me quedó la culpa, y mandé todo al carajo. Volví sobre mis pasos en la oscuridad y cada movimiento fue un infierno. Pude sentir, mientras retrocedía, cómo mi piel se volatilizaba lejos de mis huesos y mi sangre caía como por una canilla abierta y mis ojos se volvían líquido y mis huesos se astillaban. Así por mucho, mucho tiempo. Pero a cambio de mi cuerpo, fui recuperando mi memoria. Y es por eso que pude contarte sobre mí, sobre mi vida. Porque en algún momento, entre todo ese insoportable dolor, más allá de mis gritos, encontré algo usando el único sentido que todavía cabía en mí, el tacto. Y al tocar aquello, se hizo visible en mi cabeza, como si también fuese un recuerdo. Así encontré esta ventana. Y ahora sé quién habita detrás, alguien a quien debo decirle algo muy importante…

La voz calló sin un “te quiero” y Mariano salió del estado hipnótico al que estaba sometido. Ahora sostenía su teléfono celular e intentaba marcar el número de Antonio mientras sus manos temblaban, tal como le había sugerido Sebastián. Salió de su habitación sin perder de vista la ventana de vidrio esmerilado, no quería estar cerca si el celular de Antonio sonase detrás de ella. La imagen de una figura humana flotando a más de quince metros de altura no era algo atractivo de imaginar, era una escena que a Mariano le recordaba una películas de vampiros que había visto en su infancia.

Presionó el botón de llamada en la pantalla táctil.

Mariano se encontraba en medio del pasillo que conecta su habitación con la sala comedor, llave en mano, preparado para correr. Le resultó irónico pensar que esta vez podía ser él quien escapase sin mirar atrás.

Primer tono de línea.

Mariano activó el altavoz.

Segundo tono de línea.

Mariano retrocedió dos pasos más hacia la sala comedor. Era una posibilidad muy remota. Antonio podía no ser su padre, o haber cambiado su número de teléfono, o estar flotando ahora sin el aparato cerca. Se sintió un loco esperando que un fantasma o un vampiro atendiese un teléfono celular.

Tercer tono de línea.

Cuando Mariano todavía no había cumplido los diez años, su madre le contó que Antonio era aficionado a los Beatles. Para cuando entró en la adolescencia, Mariano ya conocía toda la discografía de la banda. Por eso no le pareció extraño cuando creyó escuchar Lucy in the sky with diamonds, primero demasiado bajo como para distinguir de dónde provenía la música, luego más fuerte, detrás, en la sala comedor. Tampoco esto último le pareció extraño, ¿acaso la voz no le había advertido?

Gracias por invitarme.

09/06/17

Un corazón. Quiero un corazón, decía el ladrón en sueños. La escena todavía lo asaltaba, la bestia cerrando su mandíbula sobre el hombro del anciano, el brazo escapándole del cuerpo como si fuese de paja, la niña con las piernas rotas, incapaz de levantarse, y la cajita de bronce derramando los pinceles. Luego el sueño mutó. Ahora estaba en una celda de la guardia en su ciudad, era joven otra vez y miraba a través de los barrotes de la única ventana que servía como respiradero. Era de noche y todo estaba muy oscuro, tan oscuro que podía oír los latidos de su corazón desacerlerando, más y más y más… hasta que se detuvieron por completo, pero él seguía de pie, dentro de la estrecha celda, todavía funcionando.

Cuando el ladrón despertó, estaba muy lejos de la ciénaga donde se erguía la tarántula de madera, la casa de las bestias. Yacía sobre un cómodo colchón de plumas y podía respirar un aire limpio que ingresaba a través de una puerta abierta al exterior. El clima era agradable. Entonces recordó y se incorporó asustado, sintió el corazón explotando dentro de su caja toráxica, como muchas veces antes, y se llevó ambas manos al pecho buscando algo por sobre su ropa, como si esperara tocar de repente los extraños mecanismos de un reloj averiado. Ambas manos. Y se tranquilizó. Las volvió a alzar hasta la altura de sus ojos mientras todo su cuerpo temblaba.

No puede caminar, dijo la cazadora. Le rompieron las piernas en mil pedazos. Y el ladrón movió rápidamente sus piernas y se puso de pie. No las tuyas, las de la niña.

Entonces el ladrón vio por primera vez a la cazadora. La niña colgaba dormida sobre su espalda, sostenida por tiras de cuero atadas en la cintura y pecho de la cazadora. Ella nos sacó de allí, dijo el anciano. Nos sacó con sus pinceles. La cazadora estudió un momento al hombre regordete, de estatura baja y cabello cano. Hay sopa en la cocina si desea comer, nosotros nos iremos a ver al sanador, dijo la mujer. Ella dibujó mi brazo, escupió el ladrón. Ella volvió a dibujar mi brazo derecho y nos sacó de allí y quiero ir con ustedes.

La cazadora no era la madre de la niña. La cazadora no conocía a la niña de los pinceles, pero había escuchado hablar de ella. Cuando la vio aparecer junto al anciano, manifestándose en el aire y de la nada, a orillas del río, junto a la caja de bronce, entendió de inmediato de quién se trataba. Entonces los cargó hasta su pequeña cabaña, donde llevaba una vida de eremita. Como el ladrón, la cazadora también quería que la niña dibujase algo para ella. Pero esto lo expresaría mucho más tarde.

Los tres desconocidos; la niña de los pinceles, el viejo ladrón y la cazadora eremita, descansaron en la cabaña por dos días y dos noches. Luego emprendieron viaje a la ciudad, donde buscarían al sanador para que repare los huesos rotos de la niña, la niña de los pinceles, quien estaba condenada a pintar sobre el lienzo sólo el deseo de los demás.

08/06/17

La estufa estaba funcionando al máximo. Por la ventana no se veía nada, ni siquiera las luces de la calle, pero sí se oía el viento arremolinándose en las esquinas y silbando sobre los techos de las casas. La tormenta había llegado como la noche, opacando rápidamente los colores de la ciudad. Las nubes eran negras y la luz de los rayos revelaba por momentos la cortina de lluvia que caía inclemente. Y así como había llegado la tormenta, también llamaron a mi puerta.

Toc Toc… Toc Toc…

No tocaron el timbre, golpearon la puerta. Considerando la tormenta, cualquiera hubiese esperado uno de los cuatro jinetes, y hubiese sido preferible aquel que monta el alazán y no el pálido. Apenas giré la llave, el viento se encargó de empujar la puerta junto con mi cuerpo, abriéndola de par en par. Una figura humana recortada sobre la oscuridad se erguía estática bajo el dintel de la puerta, como si fuera un aspecto de la tormenta. La lluvia entró a caudales en mi antesala y pude sentir la humedad lamiendo mis tobillos desnudos. La tormenta antropomórfica no habló, entró en la casa mientras yo intentaba con todas mis fuerzas cerrar la puerta. Cuando la tormenta hubo cruzado la antesala, la puerta se movió de golpe, succionada por el cielo, y corrí rápidamente la llave.

Clac… Clac…

Empapado y respirando trabajosamente, le pregunté a la sombra si se encontraba bien, si necesitaba cambiar su atuendo oscuro y mojado. Cuando habló, escuché junto a su voz el viento corriendo por las habitaciones y trepando hasta el cielo raso sobre mi cabeza. Me respondió que ya alguien le había hecho esa pregunta. Entonces siguió avanzando por el corto pasillo que da a mi habitación, donde con esfuerzo se sentó al borde de mi cama y por primera vez se mostró fatigado y humano. Luego se acostó boca arriba y pude ver dentro de su cuerpo, como si este fuese la pantalla de un televisor, las nubes revolviéndose con violencia, bajando y subiendo entre relámpagos —los órganos de la tormenta—.

Brrmmm…. Brrmmm…

Esa noche dormí en el futón, al lado de la estufa.

Por la mañana la tormenta había cedido, en la calle los árboles seguían de pie, pero torcidos por el viento, como en una pose de reverencia. El cielo tenía un color blanco y brillaba. Me senté cerca de la ventana a tomar café, desde ahí veía a mis vecinos limpiando sus aceras, buscando sus autos, cambiando sus ventanas. Y también vi las sombras saliendo por sus puertas y haciéndose cada vez más pequeñas, hasta que desaparecieron. El hombre que durmió en mi cuarto también estaba junto a mi ventana. La tormenta se había ido de él. Ahora era un joven de rostro sucio y abatido y de ropa andrajosa del color de la tierra. Le ofrecí café y aceptó. No dijo nada, y pensé que hice bien en dejarle entrar con lo peligrosa que había sido la tormenta.

Terminamos el café mientras los vecinos seguían sufriendo y buscando lo que el viento les había arrebatado fuera de sus casas. Entonces esquivamos los escombros de mi biblioteca y la puerta arrancada del baño y los vidrios de la lámpara del comedor y el ventilador de mi cuarto ahora incrustado en el armario, hasta llegar al patio trasero. El limonero seguía allí, igual que los helechos y las azaleas.

El joven se quedó a almorzar y luego se marchó llevándose algunos de mis abrigos, que inisistí en regalarle. Me quedé en la puerta esperando que desaparezca como los demás, pero en ningún momento perdió su tamaño. Cruzó la calle hasta la parada del colectivo y se subió al primero que pasó, y entendí a qué se refería cuando me dijo que ya le habían hecho esa pregunta.

Me quedé solo sentado en el escalón de mi puerta. Pensé en los destrozos dentro de mi casa y en el viento que amainaba.

Fsshhh… Fsshhh…

Pensé que estaba bien así. Que tenía muchas cosas para tirar de todos modos.

06/06/17

¿Quién vive allí? ¿Hay alguien tras esa persiana baja? Y esa puerta roída, atrapada entre paredes despintadas, ¿se abre alguna vez?

Cada vez que paso frente a aquella casa, regresando del mercado, me asalta la nostalgia. ¿Es eso, no? ¿Nostalgia? Recuerdo una clase donde me enseñaron que la palabra nostalgia, etimológicamente, proviene del griego nostos, regreso, y se construye con el sufijo -algia (algos), dolor. Los griegos de Pericles jamás la escucharon, recién se acuñó hace apenas unos siglos, cuando la edad de oro ya se encontraba muy lejos de Grecia. Pero creo que eso es lo que me asalta, y en ese orden, un deseo por regresar y un dolor por no poder lograrlo.

No es la casa de mi infancia. Es la casa de la infancia de alguien más. Y eso me perturba más que nada. La idea de que en algún momento, quizá ahora, alguien está encerrando su tiempo dentro de esas frágiles paredes, que más tarde se alzarán frente a él como un poderoso castillo medieval. Y me surgen unas ganas espantosas de arremeter contra toda la estructura, como Alfonso Quijano contra el molino, hasta que no quede ni un solo reloj de pie y funcionando. Me da la sensación de que caería todo en un instante. Pero la verdad es que terminaría con un par de huesos rotos e internado; en ese orden.

Una sola ventana, siempre con la persiana a medio cerrar, como un párpado vago, es el único pulmón de la casa. Pero por allí no entra ni la luz ni el oxígeno, no tiene conciencia de pulmón, la persiana simplemente está mal puesta y nadie se tomó el trabajo de acomodarla. A través de la rendija que queda, la mayoría de los días no veo otra cosa sino la oscuridad que caracteriza a todos los lugares de la infancia; otros días, si paso más tarde de lo acostumbrado, puedo ver la luz de un televisor encendido, pero jamás a la persona del otro lado del cuarto. ¿Quién vive allí? ¿Hay alguien tras esa persiana baja mirando la televisión?

Las paredes son amarillas y la mayor parte de su superficie está despintada, revelando una desnudez desvergonzada. Una puerta de madera gruesa, pintada de blanco y con miles de hendiduras, hace de ingreso, y cada vez que la veo me parece que está más lejos, como si se estuviese hundiendo en la perspectiva o comiéndose a sí misma. Un uróboros. Jamás se abre. Si se hubiese abierto, tan solo una vez, yo no estaría ahora aquí diciendo esto. Si sentí la necesidad de expresar mi preocupación, es porque tiene que existir una conexión entre lo que siento al pasar frente a la casa y la casa misma. ¿Se abre alguna vez?

Creo que si pudiese entrar, encontraría algo terriblemente familiar en sus pasillos, en los cuartos, en las personas que la habitan, en el televisor encendido cerca de la hora del crepúsculo, en las paredes maltratadas, en la persiana que nunca arreglé. Pero no puedo. Y eso tiene que ser la nostalgia.

05/06/17

Las aventuras de Mariano y Sebastián I

Hacía tres noches que Mariano no podía dormir. Se acostaba temprano, apenas terminaba de cenar, y lograba conciliar el sueño por unas pocas horas, hasta después de medianoche, por la madrugada, cuando lo despertaba la voz de su padre colándose por la ventana de vidrio esmerilado de su cuarto.

Cuando la voz hablaba, Mariano callaba. No por un acto voluntario, sino porque la voz despertaba en él algo perdido, como si estuviese recuperando una parte de su cuerpo que había olvidado en algún lugar, y por ese lapso de tiempo la parte perdida reemplazaba su lengua, privándole de su capacidad de habla. Entonces se resignaba a escuchar lo que la voz tenía para decir, y cuando esta terminaba, siempre con un “te quiero” final, Mariano volvía a dormirse, como si esas últimas palabras fuesen un hechizo.

Al principio era sólo un murmullo, alguien recitando un pasaje de la biblia por lo bajo. Pero a medida que fueron pasando las noches, la voz se tornó más y más clara. El día que Mariano comprendió que la voz pertenecía a su padre, lo primero que hizo fue buscar en su pequeña agenda de cuero el número de celular que figuraba debajo del nombre “Antonio”. Llamó mientras el miedo y el llanto le invadían, pero nadie le atendió del otro lado. Volvió a llamar al día siguiente durante toda la mañana, pero tampoco tuvo suerte. Lo segundo que hizo fue buscar la foto de Antonio, la única que conservaba, y decidió que sí, que era la voz de su padre, porque encajaba perfectamente en la geometría de su rostro.

En aquel entonces, Mariano vivía en un viejo edificio sobre la calle Montevideo, en el departamento “B” del octavo piso. Una tarde le preguntó a su vecino si había oído ruidos extraños por la noche. Extrañado, el hombre le contestó que sí, que a veces escuchaba un bullicio como de gente hablando filtrándose por la pared que separa ambos departamentos y que estaba convencido de que Mariano llevaba una vida nocturna muy activa. Entonces Mariano le pidió que en algún momento de la noche salga a su balcón, que estaba del mismo lado del edificio que la ventana del cuarto de Mariano, después de medianoche y que por favor no le reclame explicaciones. Esa noche la voz no se hizo presente y Mariano no pudo dormir, pero sí escuchó a su vecino abriendo la puerta del balcón en pleno invierno y puteando por lo bajo.

En ningún momento se le ocurrió a Mariano abrir la ventana de su cuarto mientras su padre hablaba. Un miedo terrible lo detenía. No a finalmente encontrarlo, a comprobar que efectivamente su padre era quien intentaba comunicarse con él flotando tras la ventana cerrada, sino a no encontrar nada, a abrir la ventana y descubrir una noche muy oscura recortada apenas por unos cuanto edificios altos y grises y que por ello la voz dejara de hablarle para siempre, como Eurídice volviéndose sombra ante el estúpido rostro de Orfeo.

Una noche su padre le comunicó a través de la ventana que pronto entraría en el departamento. Le dijo que necesitaba contarle algo muy importante y que quería hacerlo cara a cara. Cuando Mariano despertó, presa del miedo, intentó comunicarse con el número de Antonio, pero la contestadora seguía pidiéndole que dejara un mensaje. Incluso escribió una carta a mano, pero la tiró al darse cuenta de que no sabía qué diablos escribir en la parte del destinatario, y pensó que, aunque recibiese una respuesta, estaría escrita en papel, privada de cualquier voz. Pensó también en la posibilidad de dejar una nota en la ventana, del otro lado (“¿Papá?”), pero tampoco quiso arriesgarse a abrirla durante el día. Entonces decidió que era momento de visitar a Sebastián.

Sebastián escuchó atentamente la historia de Mariano, sin interrumpirlo ni una vez. Cuando Mariano hubo terminado, lo primero que preguntó Sebastián fue qué era exactamente lo que la voz le comunicaba a través de la ventana. Mariano le respondió que hablaba sobre cosas del pasado, de cuando la voz era niño, y de cuando le robaron la bicicleta y de su primera novia en la escuela. La persona que se ocultaba detrás de la ventana narraba su propia vida. Lo segundo que le preguntó fue quién era Antonio, la persona con la que intentaba comunicarse por teléfono, y por qué intentaba comuncarse con él. Mariano le respondió que creía que Antonio era su padre, pero que no tenía manera de comprobarlo, y que quería escuchar su voz —¿por primera vez—?

Después de pensarlo un tiempo, Sebastián le sugirió volver a llamar. Pero esta vez por la noche, apenas la voz lo despertara. Si la voz pertenecía a su padre, y Antonio era su padre, Mariano oiría el timbre del celular sonando por la ventana.

19/05/17

Cuando era chico, mi abuela me enseñó que podía pescar mojarritas con una botella vacía y algunas migas de pan viejo. Se desesperan por el pan, no pueden evitarlo. Durante las vacaciones de verano, bajo la sombra de los sauces que crecían a ambos lados del río, yo pescaba mojarritas usando una botella. La sumergía donde encontraba los bancos —generalmente en hoyas poco profundas y ocultas bajo la sombra de algún árbol— y esperaba a que los peces oscuros entrasen por el pico, entonces sacaba la botella llena de agua de río y mojarritas, que no paraban nunca de succionar el pan, ni siquiera cuando ya me había alejado del río y volvía en dirección al camping. Luego me sentaba a observarlas, y cuando me cansaba de la misma danza circular, volvía al río y vaciaba la botella, devolviendo el agua y los peces. Durante la noche, encendía una linterna dentro de la carpa que mis abuelos habían armado para mí y recorría las páginas de una enciclopedia sobre dinosaurios, descubriendo las formas que caminaban por el mundo hace millones de años. Me pasaba el verano así, recorriendo el río con una botella llena de pan viejo durante la tarde y leyendo sobre reptiles extintos por la noche.

En esa época los turistas se componían más que nada de personas de la tercera edad que buscaban refugio del trajín de la ciudad. En la zona no había lugar para los jóvenes, cuando bajaba la noche no quedaba un alma fuera de las carpas y uno sólo escuchaba la dulce corriente del río y las alimañas nocturnas moviéndose por sobre las ramas de los árboles. Durante la tarde, los abuelos tomaban sol en sus reposeras y los nietos jugaban a la pelota o chapuceaban en el río. Yo exploraba las aguas doradas con mi botella.

Recuerdo una tarde que marcó mi infancia. Me había alejado mucho del camping por el río, tanto que ya no veía a mis abuelos, ni a los vecinos que se habían asentado cerca de nuestra carpa. Pero no estaba preocupado, sólo tenía que seguir el río de regreso y me toparía con alguna referencia que me permitiese encontrar el camping donde vacacionábamos. Recuerdo que mientras más avanzaba por el río, menos turistas ocupaban sus aguas. En algún punto me encontré solo. A ambos lados del río la vegetación era mucho más frondosa y salvaje que la que crecía en el predio del camping y el sol de la tarde amenazaba con hundirse bajo el horizonte. Mis ojos estaban vueltos hacia abajo, buscando sombras que delatasen la vida de los peces. Entonces escuché una voz quebrada. Era la voz de un hombre mayor discutiendo con alguien más. Desde donde estaba, en medio del río, no podía verlo, así que me acerqué a la orilla.

—Me quiero morir, vieja. Ya estoy cansado. —Dijo entonces la misma voz.

Pude ver, detrás de los helechos, a una pareja muy entrada en años. Él se ayudaba con un bastón al caminar, y ella hacía lo mismo pasando su brazo por debajo del brazo libre del anciano. Venían caminando en dirección al río. La señora no respondió. Luego, cuando llegaron a la orilla, ambos me dedicaron una sonrisa antes de entrar al agua. Me preguntaron si estaba perdido y les dije que no, que mi camping se llamaba así y que estaba doblando aquel codo.

Lo único que sabía de la muerte era que había venido detrás de un asteroide hace más de sesenta millones de años y que había acabado con los dinosaurios. Pero estaba seguro de que ninguno de ellos la había invocado. No tenía idea de que alguien pudiera reclamarla, o que era posible desearla. Pero allí estaba yo, clavado en la arena, mi botella vacía, junto a un anciano que se bronceaba bajo el sol después de haber decidido irse para siempre.

¿Fue acaso sólo una ligera sombra, como cuando se pasa por un pequeño túnel en la ruta?

Esas palabras marcaron mi infancia, porque aprendí de golpe sobre la voluntad del hombre. Que la vida se completa, se llena, como mi botella cuando la sumergía en el río, y que después hay que vaciarla. Ahora, muchos años después, todavía pienso en el anciano en la orilla del río bajo un sauce llorón, su mirada perdida en algún lugar entre sus ojotas hundidas en las aguas, y en la anciana que todavía entrelazaba su brazo con el de él aunque ya estuvieran ambos sentado sobre la arena.

17/05/17

—Dejame acá. —Dijo Adrián.

El taxista lo miró por el espejo retrovisor mientras estacionaba detrás de una camioneta Ford roja. Adrián le devolvió la mirada, haciéndole saber que estaba seguro del lugar en el que se encontraba. El taxista espero en silencio una explicación, y cuando se dio cuenta de que no iba a recibirla, le dijo que eran ochenta y un pesos, que estaba bien con ochenta. Adrián pagó y se bajó del taxi mientras se enderezaba la campera.

La mañana estaba muy fría y una ligera niebla se había asentado a un par de centímetros del suelo. Adrián caminó a lo largo de la única estructura que ocupaba la cuadra. Todo ladrillo visto. Dos pisos de una mole roja con solo dos ojos, ambos defendidos por barrotes de hierro. La puerta de ingreso era de madera y debía de pesar cincuenta kilos, alguien había escrito con aerosol sobre la madera: “asesinos”. Adrián suspiró y tocó la puerta dos veces. Dentro resonó un eco muy grave, como el desperezar de una bestia. Después se escuchó el sonido de unos pasos pesados que se acercaban con parsimonia, como si la persona estuviese haciendo un esfuerzo increíble al caminar. Adrián pensó en un planeta donde la gravedad era varias veces mayor a la de la Tierra, se imaginó a un hombre cubierto por un traje gris levantando primero una pierna con esfuerzo y luego dejándola caer pesada sobre una superficie roja, luego la otra, revolviendo con cada paso un polvo alienígena del color de la sangre.

La puerta se entreabrió con un crujido y de la oscuridad emergió un rostro blanco con unos ojos muy pequeños y hundidos bajo una frente pronunciada.

—¿Es un periodista? —Preguntó el anciano.

—No. —Respondió Adrián. —Lejos de serlo.

De pronto, los ojos hundidos del viejo cobraron vida, o al menos así lo pareció, porque una luz tenue empezó a brillar bien lejos dentro de sus pupilas.

—Es usted… —Dijo mientras se esforzaba en abrir la puerta del todo. —Pase, por favor, le esperan.

Adrián entró mientras se volvía a enderezar la campera.

El anciano lo condujo por un largo pasillo hasta una sala de estar gigantesca. El techo estaba muy alto sobre la habitación y las paredes permanecían ocultas tras una gran biblioteca llena de ediciones viejas y roídas. Adrián pudo identificar desde libros de medicina de hace treinta años hasta novelas francesas del siglo diecinueve. El piso también estaba cubierto, pero por una alfombra deshilachada del color de la tierra. En el centro, como dos monolitos defendiendo un altar, descansaban unos sillones reclinables a ambos lados de un pequeño escritorio repleto de lápices y cuadernos. Adrián pensó en la posibilidad de que el pasillo de ingreso sea en realidad una máquina del tiempo y que todo lo que sucediese allí quedaría anclado en el pasado una vez volviera a cruzarlo.

—El señor se está terminando de vestir, por favor aguarde aquí. Puede sentarse en uno de los sillones si lo desea. —Dijo el viejo antes de desaparecer por una puerta que Adrián no había advertido. Luego todo quedó en silencio, desde allí no se podía escuchar ni el ruido de la calle. Entonces Adrián se sentó en uno de los sillones.

Pasaron unos minutos y un chico muy joven y apuesto entró por la misma puerta que el anciano había usado antes para salir de la sala. Vestía muy formal, como si se hubiese preparado para recibir visitas muy importantes. Adrián se levantó y estrechó la mano del joven.

—Es como volver veinte años atrás, ¿no, Adrián? —Dijo el chico sosteniendo una sonrisa que parecía de plástico. —Soy Ernesto, usted habló conmigo por teléfono.

Entonces Adrián deslizó su mano derecha en el bolsillo interno de la campera y sintió el frío y el peso del revolver.

14/05/17

Dijo que la oscuridad allí era muy azul. O algo así. Y yo me imaginaba entonces que debía de ser como caer despacio al fondo de esa pintura de Van Gogh, la de las estrellas en la noche, pero en mi cabeza todo sucedía bajo el mar. Eso me imaginaba, mi cuerpo flotando en algún punto del océano pacífico, que es más azul que el atlántico, rodeado de espirales todavía más azules, lejos de cualquier vestigio de vida, terriblemente abrumado por todo ese silencio debajo de mí y después cayendo. Eso pensaba cuando me decía que había visto una oscuridad muy azul entre nosotros, y que tenía miedo de perderse en ella. Yo sabía que tenía razón, que si podía sentir algo así era porque la distancia que nos separaba se parecía al océano pacífico dibujado sobre un mapa. Un espacio vacío lleno de latitudes y longitudes que no señalan ninguna parte.

Pasó mucho tiempo hasta que me di cuenta de que no había tal cosa. No había un cuerpo extranjero que nos separase. Esa distancia era yo. Todo el océano pacífico, todo ese vientre azul era mi propio cuerpo invadiendo el mundo. Y ahora sé que puedo flotar y dejarme caer, trópico a elección, mecido por las frías aguas hasta el fondo del mar. También sé que el suelo submarino, lejos de ser uniforme, contiene traducidas en su relieve todas las emociones evocadas durante cada uno de mis descensos, de suerte que la topografía se va configurando por la persistencia de mis sueños y la violencia de mis ideas.

Entonces, permanecer junto a mí se asemejaba a meterse en el mar helado que lame la costa chilena y empezar a nadar contra la corriente de Humbolt. El frío invadiéndolo todo, el corazón intentando sostener la vida por medio de espasmos frenéticos y la respiración siguiendo el ritmo de la sangre, cada vez más acelerada. Hasta el inevitable shock y la asimilación de mi cuerpo. Y la oscuridad muy azul congelando el último respiro para siempre, adueñándose de la vida a pesar de su resistencia.

Mis dedos todavía siguen extendiéndose, como olas, por la superficie del planeta; intrusos buscando topografías submarinas más profundas, más lejanas, donde sondear el relieve de los cuerpos conquistados.

Pero atesoraré más a ella que al resto, porque yace sobre mí sin permiso y ejerce una voluntad inteligente que todavía no logro descifrar. La siento entre los ojos y en el tórax. No puedo determinar su forma y hay días en los que pienso que a través de ella es mi tacto, y toco con sus manos azules la arcilla de la tierra y veo por momentos su lengua dibujada en la piedra, una y otra vez. Esos días tengo la ligera sospecha de que, a pesar de haber dicho que la oscuridad allí era muy azul, ella tomó la decisión de desnudarse y entrar en mi cuerpo. La veo combatiendo las olas brazada tras brazada tras brazada, alcanzando el mar calmo, el calor de su cuerpo huyendo como circulitos rojos en todas direcciones. La veo tragando mi cuerpo salado y perdiendo la conciencia. La veo cayendo hasta el fin del mar con los ojos muy abiertos y luego emergiendo hecha tierra, dulcemente, sin violencia, partiendo mi feudo en dos y convirtiéndose en el único continente que me habita.

10/05/17

Es imperdonable, dijo Elena. Esos enfermos mataron a alguien. ¿Cómo pueden quedar impunes, Marcos? Tranquilizate, Elena. Vos sabés los problemas que podemos llegar a tener, no nos queda más que esperar. ¡Esperar las pelotas, Marcos! ¿Te acordás de lo que pasó la otra vez en Misiones? La nena de papá, quince añitos, saliendo en un Mini Cooper y desarmando a ese motociclista a las seis de la mañana. Seguro que en dos años está festejando su cumpleaños en Disney. Bueno, pero esto es diferente, Elena. ¡Lo molieron a palos, Marcos! ¡Lo molieron a palos!

La puta madre, tanto quilombo por un indigente que no servía para nada, dijo Mauricio. Ahora seguro van a cortar el centro y voy a llegar tarde al despacho. El tipo vivía en la calle, de última le hicieron un favor. Yo les daría la mano. ¡Ay, Mauricio! ¿Cómo vas a decir eso? ¡Pero, sí! Te digo que esa clase de gente después va y roba. El estado tiene que andar gastando plata nuestra para mantenerlos. No sirven y punto. No sé, a mí me sigue pareciendo un acto cruel, como cuando despellejaron a ese perrito, ¿te acordás? No, ni quiero. Bueno, decile a tu hijo que salga y saque a sus amigotes de esa bendita pieza de una vez, así puedo limpiar. Dejalo, tiene veintiséis años, se está divirtiendo. Hace dos semanas que se está divirtiendo y vos sabés que no me gusta que la casa esté desordenada por tanto tiempo, ¿y si vienen visitas? Dejalo, ya te dije, todos pasamos por esa etapa de boludos a esa edad.

Ninguna de las cámaras de seguridad de la cuadra funcionaba durante el momento del ataque, dijo el cabo Luna. No hay sospechosos todavía, pero varios testigos aseguran haber visto un grupo de adolescentes borrachos armando barullo por los alrededores. El hombre, todavía no identificado y de edad indefinida, habituaba dormir bajo el techo de estos edificios por la noche y trabajaba como cartonero por la mañana. Se cree que regresaba de trabajar cuando se cruzó con los asaltantes.

Él se lo buscó, dijo Iván al borde del llanto. Nos bardeó, nosotros no le estábamos haciendo nada. Callate que te va a escuchar tu papá. No entendés que se murió. Estamos en el horno, yo les dije que dejaran de pegarle, ustedes no paraban, ni siquiera cuando el tipo parecía un saco de arena. Y vos lo tumbaste, vos buscaste el bardo. Si mi papá se entera, me mata. La puta madre. Deberíamos decirle a Mauricio, ¿no es un abogado re groso? No, mi papá no se entera y punto. No le decimos nada a nadie. Era un viejo de mierda, en tres días ya nadie va a hablar del tema. Yo tengo que volver a casa, Iván, si me quedo más tiempo van a empezar a pensar que hay algo raro. Andá, pero no digas nada, esto se arregla solo.

¿Qué vas a hacer, Marcos? ¿No entendés que Mauricio es dueño del edificio, Elena? Si digo que la cámara funcionaba, lo van a ver al pelotudo del hijo. Me quedo sin laburo. Tengo que mostrarle la cinta primero, él va a saber qué hacer. El tipo no le hacía nada a nadie. Te ayudó a subir el somier y no te cobró nada. Siempre nos agradeció la ropa que le dejábamos y las sábanas viejas. Salía a trabajar todos los días. El hijo volvía de joda, un martes, ¿entendés? Mauricio va a saber qué hacer, Elena. Seguro nos dice que entreguemos las cintas a la policía. Vivís en una nube de pedos, Marcos.

Yo sólo quería dormir, no dijo nadie. Estaba convencido de que los demás ya no me veían. No recuerdo el instante exacto, pero de un momento a otro empecé un proceso paulatino de desaparición, o de ocultación. Y de repente podía dormir en paz, podía descansar. Trabajaba por las mañanas y a veces volvía a materializarme bajo el sol, pero no duraba. ¿Por qué entonces pude pedir algo, reclamar o rogar en la hora más oscura? Si pasé por ese monstruoso proceso fue porque mis deseos causaban una resistencia violenta como respuesta del mundo. Cualquiera fuese mi deseo. Deseo de ayuda o deseo de ayudar. No me sorprendió entonces que la resistencia del mundo, ante mi petición de silencio para poder dormir, se haya manifestado en ese grupo de chicos, primera defensa del orden que prevalece, impidiendo una posible y aberrante manifestación de mi existencia.

Pero estaba muy cansado y realmente quería dormir, no pensó nadie.